Morir en lugar de otro, en lenguaje callejero, es un bajón. Fea casualidad, jugarreta del destino, zancadilla artera de innombrables deidades. O simplemente la confirmación de un destino probabilístico. Sabido es que si la probabilidad no es un conjunto vacío alguien será la desafortunada ocurrencia número catorce mil novecientos millones.
Cuanta angustia produce pensar en circunstancias donde no debías estar. Saber que nunca debiste encontrarte allí. Ese estar en el lugar y el momento equivocado. Ese trocito de espacio – tiempo donde nunca debiste encontrarte o ser. Esto si aceptamos que el ser es un estado inmanente del estar, que es como aceptar que jamás nos volvemos a bañar en el mismo rio. Porque en el devenir ya no somos los mismos, como tampoco el incesante fluir del agua puede ser detenido. Así ya no podemos ser iguales a nosotros mismos. Pero basta de rodeos, afrontemos la angustia y pongámosle carne a esta fea sensación.
Aquí los hechos como el boca a boca lo acercaron hasta la pluma.
A lo largo de toda la escuela secundaria Pedro y Demian fueron compañeros inseparables. Estuvieron unidos por la casualidad de tener el mismo apellido, algo muy común si te llamas Juarez. Sin embargo rara vez hubo confusiones. Estaba claro quien era quien. Tal vez porque Pedro era un “gringo” típico, en cambio el incierto mestizaje le había dado un aspecto aindiado a Demian. Uno rubio el otro morocho. Así de sencillo y fácil para distinguir. Por lo demás corrieron tras la misma pelota, bebieron en la misma esquina del colegio y bailaron en las mismas fiestas. El barrio es el nuevo pueblo chico donde los encuentros y amores se conjugan colectivamente.
Carolina es un fruto largamente apetecido por innumerables ojos. Miradas directas y atrevidas alimentan su ego adolescente. Se siente hermosa, deseada. Ella también desea. Pero allí esta el mandato férreo que la mantiene sujeta como potro al palenque. Madre católica militante y padre oficial de la fuerza aérea. Diques asfixiantes, enormes, acosantes.
Salir a bailar es la resultante de un negociación lenta, obstinada, extenuante.
Si te acompaña tu madre, - ni loca voy -, entonces te quedas.
¿Las lleva quien?, ¿Quién las busca?, ¿? Infinitos interrogantes.
Solo queda escaparse. Inevitable resultado. Difícil potro resultan las hormonas exaltadas. Para la empresa esta uno de los Juarez, no aclararemos cual. Partieron en el auto familiar a conquistar la noche.
Esta es una historia que ya tiene demasiadas pistas. Prefiero reservar las señales que nos permitirían adivinar cual de ellos fue el vehículo para la aventura. Triste aventura iniciada a escondidas y terminada en los periódicos.
Ahora Carolina es un número más en la estadística de muertes jóvenes por accidentes de tránsito en la madrugada de los sábados. En el barrio se comenta. Ella murió por culpa del chico Juarez. Habían tomado de más. Le gustaba correr picadas, siempre fue un poco alocado. Le robo el auto al padre para salir con la chica.
Las voces anónimas de los comedidos del barrio iniciaron el eterno rumor. Aluvión de susurros y medias palabras. Pesada losa sobre el chico Juarez ahora reconocido francamente como culpable de la muerte.
¿Quien puede traducir en palabras el dolor del padre?. Tantos sentimientos encontrados, infierno que consume cada instante, cada inspiración es una tortura de angustia y ausencia. Al comienzo también fue una explosión de furia, pero largos años de entrenamiento militar le enseñaron como llevar la bronca en silencio. Y la bronca se desbarranco en la dirección del odio. Lento, macerado, con fruición y alevosía contenida. El chico Juarez le robo la vida de Carolina, él le robaría la suya. Los detalles huelgan. Simplemente fue a su encuentro y le puso cuatro balazos.
Pero nadie es con certeza emisario voluntario del destino. Siniestra parábola que cruzó los caminos. Ya nada será igual en el barrio. La venganza encontró al destinatario equivocado.
A uno de ellos, hoy el frío definitivo le alcanzó el cuerpo. Al otro, al verdadero, al que disfrutó de la última compañía de Carolina, el frío le gano el alma. Para siempre.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Identidad Equivocada
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viernes, 24 de diciembre de 2010
Justicia, simplemente
Han transcurrido 27 años desde que comenzamos a desprendernos del miedo como una vieja piel indeseable.
Para algunos toda una vida.
Mirando de nuevo hacia atrás para cualquiera es toda una vida.
En esos 27 veranos o inviernos o julios o setiembres soñamos, imaginamos, renegamos y nos enojamos pidiendo justicia.
En algún momento imagine este día, lo pensé alegre, venturoso, esperanzado, luminoso.
Seguramente otros sentimientos mas oscuros también estuvieron presentes, pero a esos hace tiempo los he desechado.
Estoy aquí, parado en el ahora, que dentro de poco sera un hito de la historia. Estoy aquí tratando de descifrar porque no siento alegría.
Ni siquiera me pregunto porque no hay rabia. A esa compañera la abandoné en un recodo del camino.
Con ese interrogante me senté para escribirte y compartir este instante, pues al cabo de tanta angustia solo llegaron lagrimas.
No puedo festejar y si festejo.
No puedo festejar porque todavía duelen las ausencias, siempre dolerán, y porque el veredicto trajo justicia a reclamos parciales del pasado. Todavía quedan impunes la ausencia de pan, trabajo y dignidad.
Para algunos toda una vida.
Mirando de nuevo hacia atrás para cualquiera es toda una vida.
En esos 27 veranos o inviernos o julios o setiembres soñamos, imaginamos, renegamos y nos enojamos pidiendo justicia.
En algún momento imagine este día, lo pensé alegre, venturoso, esperanzado, luminoso.
Seguramente otros sentimientos mas oscuros también estuvieron presentes, pero a esos hace tiempo los he desechado.
Estoy aquí, parado en el ahora, que dentro de poco sera un hito de la historia. Estoy aquí tratando de descifrar porque no siento alegría.
Ni siquiera me pregunto porque no hay rabia. A esa compañera la abandoné en un recodo del camino.
Con ese interrogante me senté para escribirte y compartir este instante, pues al cabo de tanta angustia solo llegaron lagrimas.
No puedo festejar y si festejo.
No puedo festejar porque todavía duelen las ausencias, siempre dolerán, y porque el veredicto trajo justicia a reclamos parciales del pasado. Todavía quedan impunes la ausencia de pan, trabajo y dignidad.
martes, 16 de marzo de 2010
La otra casa
Desde hace mucho tiempo existe la otra casa. Allí transcurren hechos importantes. Sin embargo es diferente a esta, desde donde ahora escribo, y que también es mi casa. Mientras relato los últimos acontecimientos puedo afirmar que estoy en esta casa. Sin embargo a lo largo del día trato de cumplir con obligaciones surgidas de la otra. Simplemente se trata de otra casa con otra vida. La mía. Tan concreta como la de esta computadora donde van surgiendo hacia la izquierda las letras hasta completar una palabra. También sucede en ocasiones que voy a trabajar sin poder precisar cual es mi casa, todo sucede desde algún lugar impreciso. Claro, lo importante para relatarles son otras cuestiones y a nadie debería importarle donde dormí, desayune o libere mis fluidos. Vaya pretensión saber todo eso.
Les decía, si no he perdido el hilo de la conversación, es algo inquietante sentir ambas casas profundamente mías. Hasta puede aceptarse a la otra casa como más funcional, los recorridos son más directos. Tienen que ver con mis necesidades y no con los dictados creativos de ningún arquitecto. Si deseo comer estoy en la cocina y para discutir con mi mujer ya estoy en el patio o la sala. El recorrido solo es el necesario, cuando algo ocurre la situación directamente nos lleva hasta allí. Nada de recorrer pasillos, atravesar cuartos ajenos ni abrir puertas cerradas.
Suelo confundirme, porque los hechos ocurren en el lugar indicado o en realidad solo ocurren si me encuentro en el lugar indicado.
Pero antes de avanzar es conveniente establecer algunas convenciones. Cuando digo esta casa me refiero a la más mundana, vulgar y cotidiana. Esa donde las cosas suceden tal como corresponde. Cuando hablo de la otra casa, es aquella, es la otra. La de los pasadizos cambiantes, las habitaciones flexibles, las paredes móviles, y las funcionalidades intercambiables.
Pero entiéndase bien, no tan flexible, ni móvil o intercambiable que me haga desconocerla. No me pierdo ni desoriento. Solamente me extraño por lo breve de algunos pasajes y si estoy muy angustiado o ansioso el patio se aleja sumiéndome en gran inquietud. O la cocina ya no esta donde siempre y deambulo en círculos por las mismas habitaciones para poder encontrarla. Abro puertas incesantes y corro por pasillos muy breves sin llegar a su extremo. En esas ocasiones surge la certeza de que algo me esta angustiando y el recorrido perpetuo y sin final es un aviso, un recordatorio de algo inconcluso.
En estos días estoy particularmente preocupado. Las mañanas están cargadas de angustia. Algo no esta saliendo como deseo. Todavía no estoy muy seguro cual es la cuestión. Sin embargo permanezco insatisfecho hasta bien entrado el día. Estoy seguro, o casi seguro que algún cabo suelto hay en mis prioridades. Flota en el aire. Al acostarme me hormiguea en las tripas y se agudiza al despertar. Además he tenido sueños muy espesos.
Si, espesos. No llegan a ser pesadillas, pero son recurrentes y me dejan agotado. Hasta sueño que he soñado. En algún momento eso me inquietó, ya no, casi no sucede nunca, y me parece un verdadero hallazgo de la mente. Soñar que se sueña, despertar y estar dentro de un sueño para luego despertar finalmente. Sin afán de alardear me suena algo impresionante, me he atrevido a imaginar ciertas virtudes especiales de la mente, para nada asequibles a todos los mortales. Volviendo a la densidad de los sueños. Me agradan aquellos fugaces y sin mella, coloridos, despojados de consecuencias. Pero últimamente despierto muy cansado. Debo haber trabajado muchísimo en cada uno de ellos.
En la otra casa sigo sin poder llegar a tiempo a las clases de la facultad. Tengo prácticos sin acabar y las reuniones grupales para prepararlos siempre se complican inexplicablemente. Las habitaciones se mezclan impidiendo que nos encontremos con mis compañeros de estudio. Mi hermana menor corretea por el patio y debo socorrerla por un accidente, tiene un corte y sangra.
Cuando resuelvo el incidente ya todos se han ido. Salgo a la calle, justamente cuando pasa un amigo con su auto. Quiero alcanzar a mi grupo de estudios. Salimos a buscarlos, tengo la esperanza de irlos pescando como a peces. Imagino una red tirada por una lancha muy veloz. Esa idea es maravillosa, inspiradora diría. Eduardo, mi amigo, esta ya cansado de buscar a mis compañeros de facultad y se encamina hacia la playa. Allí esta la lancha y podremos disfrutar del resto del día. Finalmente regreso abatido, agotado y sin ningún trabajo práctico concluido. Nuevamente estoy en la clase sin haber cumplido. Aquí emerge implacable la insatisfacción, otro objetivo sin alcanzar.
En esta casa sucede igual que con mi trabajo. Hace tiempo termine la facultad. Sin embargo en la otra casa sigo estudiando. Cuando despierto, de tanto en tanto, recuerdo que he vuelto a vivir en aquella casa que les dije. Para no confundirme o confundirlos les recuerdo que la llamaremos la otra casa.
Sin embargo algo debe significar este desasosiego, los acontecimientos en paralelo se están incrementando. Entiéndase bien, no son un espejo, una simetría. Por el contrario son muy diferentes. En la otra casa las cosas vuelven a suceder sin llegar al punto actual de situación. Más bien se estancan por alguna nimia dificultad y allí quedo empantanado luchando por traer las cosas al presente. Incluso sucede con recuerdos de la niñez. Es la misma niñez de esta casa. No encuentro mayores diferencias, sin embargo me estanco en sucesos por demás insatisfactorios.
Juan Carlos sigue manipulando a todo nuestro grupo y no he podido desarmar sus manejos. En esta casi sí lo logré. Fue cuando nos agarramos a trompadas y finalmente pude vencerlo. El se aprovecho por mucho tiempo de su mayor estatura y mi recurrente sangrado nasal. Rápidamente aplicaba un golpe descendente en mi nariz, yo comenzaba a sangrar y terminaba la pelea. Perseveré en mis desafíos y finalmente pude vencerlo, mi nariz resistió varios golpes y la bronca largamente acumulada dio sus frutos. En la otra casa la cuestión esta algo confusa. Allí en realidad no llegamos a los golpes de puño, acumulo mi bronca incesante, recurrente. El nos manipula imponiendo cuando y, a que jugar. Allí todavía me debe una buena pelea.
Los días más difíciles los paso escapando por los techos de un enorme galpón de chapas. Un techo abovedado rodeado de altas paredes. Intento llegar a la calle más cercana y tras cada pared un nuevo techo. Hace tiempo deambulo por la misma manzana. Incluso intente bajar a un patio con césped pero un enorme perro negro me lo impidió. El miedo a los perros es común en ambas casas. La única mordedura ocurrió en esta, pero en la otra las persecuciones son incesantes. Afortunadamente soy muy ágil y escapo, los eludo o lucho con bastante fortuna. De todas maneras son bastante inoportunos, aparecen de súbito en medio de las huidas. Nunca son mas de dos o tres, grandes, delgados y negros como mis mas profundos temores. Los colmillos relucen blancos, y las lenguas rojas y húmedas me producen temblores de puro asco.
En la otra casa los enojos son tremendos de furia, un huracán de ira. En uno de ellos termine en esta cama de hospital. Parece que tengo bastantes heridas pero no quiero ver a nadie. Avisé por el celular que no me esperen a dormir. No les he dado detalles del accidente ni del hospital. Cuando sea tiempo regresaré. Aquí me quedo absolutamente inmóvil, boca arriba con los ojos cerrados. Las manos tendidas al costado y el cuerpo muy relajado. Cuando traen la comida, me dan los medicamentes o pido la chata, abro los ojos, son los únicos momentos en que abro los ojos. Si es imprescindible hablo, de lo contrario sigo dentro de mí. Así día tras día. Las enfermeras murmuran. Piensan que estoy loco. He insistido, no quiero visitas, no quiero ver familiares, vecinos, amigos ni compañeros de trabajo. Ya me levantaré cuando sea tiempo. Me siento bien, me estoy reponiendo. Dice el doctor que es un milagro que suceda tan rápidamente. Se que no es ningún milagro. Estoy permanentemente concentrado y es sabido que la mente es inmensamente poderosa. Me duermo y despierto siempre en la misma posición. Desde que llegué me mantengo inmóvil y concentrado. Siempre en la misma posición. Para los buenos entendedores pocas palabras, no me interesa el contacto social con ningún miembro del hospital, pacientes o familiares.
Los despertares son instantáneos y no necesito pestañear, mantengo los ojos cerrados, estoy muy conciente mirando hacia adentro. He tenido tiempo suficiente para reflexionar y llegue a una decisión inapelable. Mas bien una leve disyuntiva. ¿Ha llegado el momento de partir? Dudo aún si hacia adentro o hacia fuera. Pero es cuestión de poco tiempo resolverlo. De todos modos se me hace que podrían ser las dos direcciones simultáneamente. Todavía necesito seguir en esta posición para reponerme. Ejercito mis músculos sin moverlos, se llama tensión dinámica como leí alguna vez. Deben conservar la tonicidad, pronto estaré listo para incorporarme. Insistí en la prohibición de visitas, cuando sea tiempo ya me verán.
Los doctores se consultan luego de revisarme. Puede ponerse de pie me preguntan. Con un leve mareo ya estoy caminando. No les permito tomar ninguna decisión, me visto. Los saludo por supuesto y agradezco sus atenciones.
Ha llegado la hora y me encamino para sentir el sol en la cara.
Estoy en marcha, ya no necesito a nadie. Viajo hacia adentro mientras me voy alejando.
Les decía, si no he perdido el hilo de la conversación, es algo inquietante sentir ambas casas profundamente mías. Hasta puede aceptarse a la otra casa como más funcional, los recorridos son más directos. Tienen que ver con mis necesidades y no con los dictados creativos de ningún arquitecto. Si deseo comer estoy en la cocina y para discutir con mi mujer ya estoy en el patio o la sala. El recorrido solo es el necesario, cuando algo ocurre la situación directamente nos lleva hasta allí. Nada de recorrer pasillos, atravesar cuartos ajenos ni abrir puertas cerradas.
Suelo confundirme, porque los hechos ocurren en el lugar indicado o en realidad solo ocurren si me encuentro en el lugar indicado.
Pero antes de avanzar es conveniente establecer algunas convenciones. Cuando digo esta casa me refiero a la más mundana, vulgar y cotidiana. Esa donde las cosas suceden tal como corresponde. Cuando hablo de la otra casa, es aquella, es la otra. La de los pasadizos cambiantes, las habitaciones flexibles, las paredes móviles, y las funcionalidades intercambiables.
Pero entiéndase bien, no tan flexible, ni móvil o intercambiable que me haga desconocerla. No me pierdo ni desoriento. Solamente me extraño por lo breve de algunos pasajes y si estoy muy angustiado o ansioso el patio se aleja sumiéndome en gran inquietud. O la cocina ya no esta donde siempre y deambulo en círculos por las mismas habitaciones para poder encontrarla. Abro puertas incesantes y corro por pasillos muy breves sin llegar a su extremo. En esas ocasiones surge la certeza de que algo me esta angustiando y el recorrido perpetuo y sin final es un aviso, un recordatorio de algo inconcluso.
En estos días estoy particularmente preocupado. Las mañanas están cargadas de angustia. Algo no esta saliendo como deseo. Todavía no estoy muy seguro cual es la cuestión. Sin embargo permanezco insatisfecho hasta bien entrado el día. Estoy seguro, o casi seguro que algún cabo suelto hay en mis prioridades. Flota en el aire. Al acostarme me hormiguea en las tripas y se agudiza al despertar. Además he tenido sueños muy espesos.
Si, espesos. No llegan a ser pesadillas, pero son recurrentes y me dejan agotado. Hasta sueño que he soñado. En algún momento eso me inquietó, ya no, casi no sucede nunca, y me parece un verdadero hallazgo de la mente. Soñar que se sueña, despertar y estar dentro de un sueño para luego despertar finalmente. Sin afán de alardear me suena algo impresionante, me he atrevido a imaginar ciertas virtudes especiales de la mente, para nada asequibles a todos los mortales. Volviendo a la densidad de los sueños. Me agradan aquellos fugaces y sin mella, coloridos, despojados de consecuencias. Pero últimamente despierto muy cansado. Debo haber trabajado muchísimo en cada uno de ellos.
En la otra casa sigo sin poder llegar a tiempo a las clases de la facultad. Tengo prácticos sin acabar y las reuniones grupales para prepararlos siempre se complican inexplicablemente. Las habitaciones se mezclan impidiendo que nos encontremos con mis compañeros de estudio. Mi hermana menor corretea por el patio y debo socorrerla por un accidente, tiene un corte y sangra.
Cuando resuelvo el incidente ya todos se han ido. Salgo a la calle, justamente cuando pasa un amigo con su auto. Quiero alcanzar a mi grupo de estudios. Salimos a buscarlos, tengo la esperanza de irlos pescando como a peces. Imagino una red tirada por una lancha muy veloz. Esa idea es maravillosa, inspiradora diría. Eduardo, mi amigo, esta ya cansado de buscar a mis compañeros de facultad y se encamina hacia la playa. Allí esta la lancha y podremos disfrutar del resto del día. Finalmente regreso abatido, agotado y sin ningún trabajo práctico concluido. Nuevamente estoy en la clase sin haber cumplido. Aquí emerge implacable la insatisfacción, otro objetivo sin alcanzar.
En esta casa sucede igual que con mi trabajo. Hace tiempo termine la facultad. Sin embargo en la otra casa sigo estudiando. Cuando despierto, de tanto en tanto, recuerdo que he vuelto a vivir en aquella casa que les dije. Para no confundirme o confundirlos les recuerdo que la llamaremos la otra casa.
Sin embargo algo debe significar este desasosiego, los acontecimientos en paralelo se están incrementando. Entiéndase bien, no son un espejo, una simetría. Por el contrario son muy diferentes. En la otra casa las cosas vuelven a suceder sin llegar al punto actual de situación. Más bien se estancan por alguna nimia dificultad y allí quedo empantanado luchando por traer las cosas al presente. Incluso sucede con recuerdos de la niñez. Es la misma niñez de esta casa. No encuentro mayores diferencias, sin embargo me estanco en sucesos por demás insatisfactorios.
Juan Carlos sigue manipulando a todo nuestro grupo y no he podido desarmar sus manejos. En esta casi sí lo logré. Fue cuando nos agarramos a trompadas y finalmente pude vencerlo. El se aprovecho por mucho tiempo de su mayor estatura y mi recurrente sangrado nasal. Rápidamente aplicaba un golpe descendente en mi nariz, yo comenzaba a sangrar y terminaba la pelea. Perseveré en mis desafíos y finalmente pude vencerlo, mi nariz resistió varios golpes y la bronca largamente acumulada dio sus frutos. En la otra casa la cuestión esta algo confusa. Allí en realidad no llegamos a los golpes de puño, acumulo mi bronca incesante, recurrente. El nos manipula imponiendo cuando y, a que jugar. Allí todavía me debe una buena pelea.
Los días más difíciles los paso escapando por los techos de un enorme galpón de chapas. Un techo abovedado rodeado de altas paredes. Intento llegar a la calle más cercana y tras cada pared un nuevo techo. Hace tiempo deambulo por la misma manzana. Incluso intente bajar a un patio con césped pero un enorme perro negro me lo impidió. El miedo a los perros es común en ambas casas. La única mordedura ocurrió en esta, pero en la otra las persecuciones son incesantes. Afortunadamente soy muy ágil y escapo, los eludo o lucho con bastante fortuna. De todas maneras son bastante inoportunos, aparecen de súbito en medio de las huidas. Nunca son mas de dos o tres, grandes, delgados y negros como mis mas profundos temores. Los colmillos relucen blancos, y las lenguas rojas y húmedas me producen temblores de puro asco.
En la otra casa los enojos son tremendos de furia, un huracán de ira. En uno de ellos termine en esta cama de hospital. Parece que tengo bastantes heridas pero no quiero ver a nadie. Avisé por el celular que no me esperen a dormir. No les he dado detalles del accidente ni del hospital. Cuando sea tiempo regresaré. Aquí me quedo absolutamente inmóvil, boca arriba con los ojos cerrados. Las manos tendidas al costado y el cuerpo muy relajado. Cuando traen la comida, me dan los medicamentes o pido la chata, abro los ojos, son los únicos momentos en que abro los ojos. Si es imprescindible hablo, de lo contrario sigo dentro de mí. Así día tras día. Las enfermeras murmuran. Piensan que estoy loco. He insistido, no quiero visitas, no quiero ver familiares, vecinos, amigos ni compañeros de trabajo. Ya me levantaré cuando sea tiempo. Me siento bien, me estoy reponiendo. Dice el doctor que es un milagro que suceda tan rápidamente. Se que no es ningún milagro. Estoy permanentemente concentrado y es sabido que la mente es inmensamente poderosa. Me duermo y despierto siempre en la misma posición. Desde que llegué me mantengo inmóvil y concentrado. Siempre en la misma posición. Para los buenos entendedores pocas palabras, no me interesa el contacto social con ningún miembro del hospital, pacientes o familiares.
Los despertares son instantáneos y no necesito pestañear, mantengo los ojos cerrados, estoy muy conciente mirando hacia adentro. He tenido tiempo suficiente para reflexionar y llegue a una decisión inapelable. Mas bien una leve disyuntiva. ¿Ha llegado el momento de partir? Dudo aún si hacia adentro o hacia fuera. Pero es cuestión de poco tiempo resolverlo. De todos modos se me hace que podrían ser las dos direcciones simultáneamente. Todavía necesito seguir en esta posición para reponerme. Ejercito mis músculos sin moverlos, se llama tensión dinámica como leí alguna vez. Deben conservar la tonicidad, pronto estaré listo para incorporarme. Insistí en la prohibición de visitas, cuando sea tiempo ya me verán.
Los doctores se consultan luego de revisarme. Puede ponerse de pie me preguntan. Con un leve mareo ya estoy caminando. No les permito tomar ninguna decisión, me visto. Los saludo por supuesto y agradezco sus atenciones.
Ha llegado la hora y me encamino para sentir el sol en la cara.
Estoy en marcha, ya no necesito a nadie. Viajo hacia adentro mientras me voy alejando.
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jueves, 17 de diciembre de 2009
Quien mato a Federico Garcia Lorca
La prensa nos abruma con historias y reivindicaciones históricas. Homenajes póstumos, panteones apoteósicos. En ocasiones mencionan tu espíritu libertario, independiente, indómito y se atreven a insinuar allí el motivo de tu muerte. Puedo especular con datos precisos y conceptos esclarecidos las causas de tu muerte. Concluir que te extirparon antes que la fuerza de tu carácter echara raíces y peor aun fructificara en otros cuerpos.
Pero quienes te silenciaron eran hombres convencidos, firmes brazos de espasmódica discordancia. Tal vez entendiendo sus pensamientos entendamos tu muerte. Loca pretensión la de conocerlos, sin embargo me atrevo al ejercicio. Me atrevo y lo intento porque sí los he conocido. No a ellos sino a sus iguales, gemelos, semejantes, absurdamente análogos. Tan parecidos entre si como el reflejo en el agua quieta de las lagunas. Porque aquí en mi tierra viven sus hermanos, iguales, análogos, espejos de los espejos de sus almas, modelos repetidos en la inagotable galería de la vida.
Se que te rechazaban, y temían, y en la insondable oscuridad de su paroxismo sus deseos no podían tener nombre. Seguramente volcanes primordiales les mordían la carne, porque eran humanos. Seguramente también se confesaban a medias, y rezaban con vergüenza de alzar sus ojos a las imágenes que los miraban desde las impolutas alturas de los altares. Porque alturas y altares miran desde arriba toda la inmensa pequeñez de los postrados pecadores. Pero los deseos, pecados inconclusos, nunca son pequeños a los ojos del juzgador. Por el contrario tienen dimensión oceánica, abismal. La mirada inquisidora ahoga el corazón del penitente en la sucia marisma de la culpa.
Podríamos sentarnos con cada uno de ellos a tomar un vino, disfrutando del crepúsculo, tal vez encontraríamos a simples labriegos, o tenderos, algún leguleyo o simplemente un herrero. Padre, esposo, hijo de alguien. Trabajador, esforzado, perezoso, bebedor, divertido, melancólico, solitario, franco, furtivo, arrogante, turbio, tímido, resentido. Y sigue la lista de los posibles hasta donde alcance la mirada.
En fin nada distinto a mi, a ti que lees, al que nos mira. Pero algo nos distingue y algo en común tenían ellos. Algo que no tenemos todos, por eso no andamos matando a los Federico de esta tierra.
Ellos odiaban el desenfado provocativo del joven homosexual. ¿Les sacudirían las tripas y mas abajo también?
Les molestaba. ¡Si! era molestia que su pequeñez transformo en odio.
Porque no temía al pecado.
Porque no le entrego el corazón a bandera o divisa.
Porque era un mal ejemplo para sus hijos.
Porque cuidado que puede llevar a otros consigo.
Porque escribe, y a veces no lo entendemos.
Porque es peligroso.
Porque no responde a nadie.
Peor aun solo responde a su conciencia.
No, a su conciencia no, solo responde a sus entrañas.
Porque nos recuerda que esta vivo.
Pero pronto ya no lo estará, pronto lo resolveremos. Dijeron. Se miraron y callaron.
Pero quienes te silenciaron eran hombres convencidos, firmes brazos de espasmódica discordancia. Tal vez entendiendo sus pensamientos entendamos tu muerte. Loca pretensión la de conocerlos, sin embargo me atrevo al ejercicio. Me atrevo y lo intento porque sí los he conocido. No a ellos sino a sus iguales, gemelos, semejantes, absurdamente análogos. Tan parecidos entre si como el reflejo en el agua quieta de las lagunas. Porque aquí en mi tierra viven sus hermanos, iguales, análogos, espejos de los espejos de sus almas, modelos repetidos en la inagotable galería de la vida.
Se que te rechazaban, y temían, y en la insondable oscuridad de su paroxismo sus deseos no podían tener nombre. Seguramente volcanes primordiales les mordían la carne, porque eran humanos. Seguramente también se confesaban a medias, y rezaban con vergüenza de alzar sus ojos a las imágenes que los miraban desde las impolutas alturas de los altares. Porque alturas y altares miran desde arriba toda la inmensa pequeñez de los postrados pecadores. Pero los deseos, pecados inconclusos, nunca son pequeños a los ojos del juzgador. Por el contrario tienen dimensión oceánica, abismal. La mirada inquisidora ahoga el corazón del penitente en la sucia marisma de la culpa.
Podríamos sentarnos con cada uno de ellos a tomar un vino, disfrutando del crepúsculo, tal vez encontraríamos a simples labriegos, o tenderos, algún leguleyo o simplemente un herrero. Padre, esposo, hijo de alguien. Trabajador, esforzado, perezoso, bebedor, divertido, melancólico, solitario, franco, furtivo, arrogante, turbio, tímido, resentido. Y sigue la lista de los posibles hasta donde alcance la mirada.
En fin nada distinto a mi, a ti que lees, al que nos mira. Pero algo nos distingue y algo en común tenían ellos. Algo que no tenemos todos, por eso no andamos matando a los Federico de esta tierra.
Ellos odiaban el desenfado provocativo del joven homosexual. ¿Les sacudirían las tripas y mas abajo también?
Les molestaba. ¡Si! era molestia que su pequeñez transformo en odio.
Porque no temía al pecado.
Porque no le entrego el corazón a bandera o divisa.
Porque era un mal ejemplo para sus hijos.
Porque cuidado que puede llevar a otros consigo.
Porque escribe, y a veces no lo entendemos.
Porque es peligroso.
Porque no responde a nadie.
Peor aun solo responde a su conciencia.
No, a su conciencia no, solo responde a sus entrañas.
Porque nos recuerda que esta vivo.
Pero pronto ya no lo estará, pronto lo resolveremos. Dijeron. Se miraron y callaron.
viernes, 11 de diciembre de 2009
En ocasiones nos visita la muerte
Dice la sabiduría popular que no hay dos sin tres. Hace apenas un instante Consuelo nos avisa que falleció el padre de un compañero de oficina. Con esta noticia es la tercera muerte anunciada durante esta mañana. Espero que así se complete el refrán, y apelando a otro del mismo tenor cruzo los dedos y digo para mis adentros, la tercera es la vencida.
¿Cuantas veces la tercera no fue la vencida?
Despreocupado y limpia el alma de preocupaciones, habiendo alejado los oscuros presagios me dirigí a una galería comercial, una de tantas en Córdoba. Pero, una cinta plástica blanca con PELIGRO en letras rojas impedía el paso. Al fondo de la galería divisé un policía de consigna. Alguien fue asaltado, pensé. Pero no era ese el motivo de tanto revuelo. Un limpiavidrios había caído desde el séptimo piso. Los curiosos estiraban sus cuellos de jirafa para mirar sobre los hombros de la muchedumbre. Levanté la cinta crucé rápido un pasillo y sin alzar la vista llegue a la imprenta. Pregunté el precio de las tarjetas personales y salí. Nuevamente trate de no mirar el cuerpo tendido allá en el piso. Salí a la calle y rodee la manzana para evitar la desgracia que parecía empecinada en seguirme los pasos. Al doblar la esquina, en otra de las entradas a la galería una empleada de algún comercio del lugar pregunta a un colega.
- ¿Lo viste?
- No.
- ¿Pero te enteraste?
- Si
- Vamos a verlo
- Dale, vamos.
Partieron entusiastas intentando superar el vallado.
¿Cuantas veces la tercera no fue la vencida?
Despreocupado y limpia el alma de preocupaciones, habiendo alejado los oscuros presagios me dirigí a una galería comercial, una de tantas en Córdoba. Pero, una cinta plástica blanca con PELIGRO en letras rojas impedía el paso. Al fondo de la galería divisé un policía de consigna. Alguien fue asaltado, pensé. Pero no era ese el motivo de tanto revuelo. Un limpiavidrios había caído desde el séptimo piso. Los curiosos estiraban sus cuellos de jirafa para mirar sobre los hombros de la muchedumbre. Levanté la cinta crucé rápido un pasillo y sin alzar la vista llegue a la imprenta. Pregunté el precio de las tarjetas personales y salí. Nuevamente trate de no mirar el cuerpo tendido allá en el piso. Salí a la calle y rodee la manzana para evitar la desgracia que parecía empecinada en seguirme los pasos. Al doblar la esquina, en otra de las entradas a la galería una empleada de algún comercio del lugar pregunta a un colega.
- ¿Lo viste?
- No.
- ¿Pero te enteraste?
- Si
- Vamos a verlo
- Dale, vamos.
Partieron entusiastas intentando superar el vallado.
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lunes, 30 de noviembre de 2009
Historia de amor en el monte
Un flamante diploma de ingeniero agrónomo habilita la puerta de todos los sueños. Cumplida la etapa del estudio puede ahora proyectarse, expandirse, realizarse diríamos en lenguaje arcaico. La idea de contraer matrimonio ha tomado cuerpo. Un cuerpo espiritual, síntesis de anhelos y pasiones encarnado en un cuerpo pleno y voluptuoso. Cierra los ojos y lo inunda el recuerdo que es casi una presencia. Catalina. Abre los ojos y aparta decidido esta imagen. Tiene una férrea educación católica y estos pensamientos inquietantes no tienen lugar de ser. Los aparta y se concentra en los avisos del periódico. Sin transición, casi diría como en un mágico movimiento desde el cuerpo de Catalina a las letras de molde encuentra el aviso. Esplendoroso allí esperándolo, “Ing. Agrónomo, emprendedor para explotación agropecuaria, disposición para viajar otras provincias, excelente remuneración”. Se le acelera el pulso y ya se imagina en el campo aplicando los últimos adelantos tecnológicos, convencido de la necesidad de lograr los mejores rindes con la menor inversión.
Luego todo fue puro vértigo. Un inversor suizo con grandes proyectos y la mejor tecnología lo puso al frente de un campo en Charata en lo profundo del monte Chaqueño. El desmonte afortunadamente estaba terminado. La vivienda era precaria, pero no era necesario estar todo el tiempo en el lugar, le dijeron. Aconsejado por otros empresarios del lugar contrato capataces locales acostumbrados a tratar con los peones. Todos ellos de la etnia wichis. Acostumbrados al monte y las alimañas. Hombres rudos que se trasladaban entre cosechas con toda su familia. Se les acondicionaron carpas con los restos de silos portátiles. La estadía es corta, la soja no requiere mucha gente en periodos largos. La solución era buena, económica y práctica. El cielo cada vez mas cerca, la cosecha promete excelente rinde y el suizo lo habilitó con el medio por ciento de las utilidades como un premio extra. Se lo ganó, el primer año fue de sol a sol y de lunes a lunes.
El primer descanso fue en una pequeña casilla de madera. Luego construyeron una casa y las promesas fueron tomando color. Como tomaban color de primavera los ojos de Catalina mientras ajetreaba con los preparativos de la boda. Fue una celebración de cenicienta. El novio se lo había ganado con su trabajo y sin ayuda. A pesar de los peones y su reticencia a permanecer en el monte, o peor con aquella pretensión de conservar el monte sin cultivar. Aferrados a prácticas arcaicas y ancestrales. Viviendo según tradiciones que custodian la tierra improductiva. Negándose a la agricultura, cuidando el monte como si pudiera conservarse impoluto en su salvaje, primitiva y cruel geografía.
A pesar de soles y lluvias diluviales, de capataces prepotentes y peones torvos y ladinos, las cosechas se sucedieron. La tierra fructificó y la confianza del inversor fue recompensada. Allá lejos un hombre satisfecho viviendo entre montañas y paisajes de ensueño enviaba felicitaciones y su valoración por el trabajo bien hecho.
Una inversión bien dirigida debe rendir frutos y el suizo le ratificaba su confianza, aún sin conocerlo. Los años de facultad se justificaron y la juventud tesonera fue un atributo indispensable para los buenos negocios. Como en toda historia de amor verdadera construida con sueños posibles planearon su luna de miel. Se sentían como nuevos ricos, dispuestos a disfrutar sin complejos. Eligieron una playa del caribe. Pero los tiempos de la cosecha son sagrados y tuvieron que dilatar por unos días el esperado viaje. Una vez terminadas las labores de esa campaña solo faltaba despedir al personal y asegurar la provisión de semillas para la próxima siembra, luego todo era viajar y disfrutar. Retiró del banco el dinero para el último jornal, se lo entrego al capataz y se ocupó de almacenar el grano en los silos portátiles. Quedaban solo tres días para la partida. Se entrego al recuerdo de Catalina sin poder apartar totalmente de su mente el repaso de las últimas tareas. Se levanto temprano, tomo unos mates y se dirigió por ultimas vez al campo. Con sorpresa encontró a todos los peones reunidos frente al galpón donde guardaban las máquinas. ¿Que cuando nos paga che patrón?, ¿que pasa chamigo que ni yerba tenemos? Que nos engaño che patrón. Que hoy no apareció el Froilan. Que todos los gringos son iguales, mentirosos, tramposos. Que siempre se abusan del pobre indio.
Arrinconado contra la puerta de la pequeña casa que era vivienda y administración balbuceaba sin poder organizar los pensamientos. Atemorizado por los oscuros brazos enarbolando machetes intentaba disculpas que enardecían más a los peones. Lo arrinconaron a los gritos y sintió el beso frío de la muerte. Aquellos hombres exigían su paga sin más dilaciones. Un coro de mujeres y niños se sumaban con quejas por los ranchos inmundos, el agua que los enfermaba y la comida siempre escasa. Finalmente tomo aire, hincho el pecho y alzando la voz logro retomar el control. Que aquí nadie los engañó. Siempre hemos pagado puntualmente. Si Froilan se ha demorado buenas razones tendrá. Ya mismo voy a buscarlo y arreglamos el asunto. No quiero más gritos ni faltas de respeto. Para que vean la buena voluntad les dejo abierta la despensa y se preparan una buena comida mientras me esperan. Nadie se mueve de aquí. Enseguida vuelvo. Subió a la camioneta y aparentando una entereza que no poseía arranco despacio. Esos hombres mansos y obedientes se volvieron fieras cuando pusieron en juego el alimento de sus familias. Se había salvado por muy poco. Mientras se recuperaba del tremendo susto y la cabeza recobraba su senda racional comenzó a comprender. Le habían advertido. El capataz no era hombre de fiar y cuando encontró su rancho vacío comprendió. Pero no pensaba volver, esos hombres estaban muy enardecidos mejor dejaba pasar el tiempo para que los ánimos se serenaran.
Abrir la puerta, recibir la sonrisa de Catalina y recuperar la paz fue todo uno. Quedaban muy pocas horas para concluir los preparativos. La vida era demasiado bella y las promesas eran muchas. Playa dorada, palmeras y pasión finalmente desbordada, no merecían ser arruinadas. Al regreso seguramente las cosas se solucionarían. Y así fue, todo lo imaginado apenas fue el esbozo de aquella luna de miel. Luego de la boda no tuvieron el lugar ni el momento para disfrutar y relajarse. Aquella playa en el caribe les brindo el espacio necesario, pudieron finalmente disfrutar de sus cuerpos y hallaron la comunión que intuían.
Con toda la energía y el optimismo del viaje subió a la camioneta y se dirigió al campo. Preparado para enfrentar los reclamos, esperanzado en que el tiempo transcurrido hubiera calmado los ánimos. Sin embargo todo lucia desierto y abandonado. La despensa vacía, la administración desordenada y algunas herramientas y artefactos pequeños que allí se guardaban también faltaban. Corrió hasta el galpón de maquinarias, afortunadamente el candado estaba intacto. En su afán de cobrarse de algún modo no se habían atrevido a tocar el tractor y las cosechadoras. Se sentó en un tronco de cedro, lustrado como adorno y recordatorio del bosque talado. Respiro aliviado. Todo era cuestión de armar una nueva cuadrilla para la próxima cosecha. Se sintió afortunado, no debería pagar nuevamente los jornales y tampoco dar explicaciones al suizo por el doble desembolso. Sin embargo sintió algún remordimiento, seguramente aquellas gentes pasarían hambre hasta la próxima campaña. Eran familias con muchos niños pequeños. Pero le habían enseñado a ser optimista y aparto esos pensamientos, esta gente sabía arreglarse con poco y de algún modo comerían, se convenció. Hasta era posible que volvieran mansos y sin reclamos en la próxima cosecha. Trabajo no sobraba. A fin de cuentas el se había portado bien, en solo un mes había regresado con intención de solucionar las cosas.
Luego todo fue puro vértigo. Un inversor suizo con grandes proyectos y la mejor tecnología lo puso al frente de un campo en Charata en lo profundo del monte Chaqueño. El desmonte afortunadamente estaba terminado. La vivienda era precaria, pero no era necesario estar todo el tiempo en el lugar, le dijeron. Aconsejado por otros empresarios del lugar contrato capataces locales acostumbrados a tratar con los peones. Todos ellos de la etnia wichis. Acostumbrados al monte y las alimañas. Hombres rudos que se trasladaban entre cosechas con toda su familia. Se les acondicionaron carpas con los restos de silos portátiles. La estadía es corta, la soja no requiere mucha gente en periodos largos. La solución era buena, económica y práctica. El cielo cada vez mas cerca, la cosecha promete excelente rinde y el suizo lo habilitó con el medio por ciento de las utilidades como un premio extra. Se lo ganó, el primer año fue de sol a sol y de lunes a lunes.
El primer descanso fue en una pequeña casilla de madera. Luego construyeron una casa y las promesas fueron tomando color. Como tomaban color de primavera los ojos de Catalina mientras ajetreaba con los preparativos de la boda. Fue una celebración de cenicienta. El novio se lo había ganado con su trabajo y sin ayuda. A pesar de los peones y su reticencia a permanecer en el monte, o peor con aquella pretensión de conservar el monte sin cultivar. Aferrados a prácticas arcaicas y ancestrales. Viviendo según tradiciones que custodian la tierra improductiva. Negándose a la agricultura, cuidando el monte como si pudiera conservarse impoluto en su salvaje, primitiva y cruel geografía.
A pesar de soles y lluvias diluviales, de capataces prepotentes y peones torvos y ladinos, las cosechas se sucedieron. La tierra fructificó y la confianza del inversor fue recompensada. Allá lejos un hombre satisfecho viviendo entre montañas y paisajes de ensueño enviaba felicitaciones y su valoración por el trabajo bien hecho.
Una inversión bien dirigida debe rendir frutos y el suizo le ratificaba su confianza, aún sin conocerlo. Los años de facultad se justificaron y la juventud tesonera fue un atributo indispensable para los buenos negocios. Como en toda historia de amor verdadera construida con sueños posibles planearon su luna de miel. Se sentían como nuevos ricos, dispuestos a disfrutar sin complejos. Eligieron una playa del caribe. Pero los tiempos de la cosecha son sagrados y tuvieron que dilatar por unos días el esperado viaje. Una vez terminadas las labores de esa campaña solo faltaba despedir al personal y asegurar la provisión de semillas para la próxima siembra, luego todo era viajar y disfrutar. Retiró del banco el dinero para el último jornal, se lo entrego al capataz y se ocupó de almacenar el grano en los silos portátiles. Quedaban solo tres días para la partida. Se entrego al recuerdo de Catalina sin poder apartar totalmente de su mente el repaso de las últimas tareas. Se levanto temprano, tomo unos mates y se dirigió por ultimas vez al campo. Con sorpresa encontró a todos los peones reunidos frente al galpón donde guardaban las máquinas. ¿Que cuando nos paga che patrón?, ¿que pasa chamigo que ni yerba tenemos? Que nos engaño che patrón. Que hoy no apareció el Froilan. Que todos los gringos son iguales, mentirosos, tramposos. Que siempre se abusan del pobre indio.
Arrinconado contra la puerta de la pequeña casa que era vivienda y administración balbuceaba sin poder organizar los pensamientos. Atemorizado por los oscuros brazos enarbolando machetes intentaba disculpas que enardecían más a los peones. Lo arrinconaron a los gritos y sintió el beso frío de la muerte. Aquellos hombres exigían su paga sin más dilaciones. Un coro de mujeres y niños se sumaban con quejas por los ranchos inmundos, el agua que los enfermaba y la comida siempre escasa. Finalmente tomo aire, hincho el pecho y alzando la voz logro retomar el control. Que aquí nadie los engañó. Siempre hemos pagado puntualmente. Si Froilan se ha demorado buenas razones tendrá. Ya mismo voy a buscarlo y arreglamos el asunto. No quiero más gritos ni faltas de respeto. Para que vean la buena voluntad les dejo abierta la despensa y se preparan una buena comida mientras me esperan. Nadie se mueve de aquí. Enseguida vuelvo. Subió a la camioneta y aparentando una entereza que no poseía arranco despacio. Esos hombres mansos y obedientes se volvieron fieras cuando pusieron en juego el alimento de sus familias. Se había salvado por muy poco. Mientras se recuperaba del tremendo susto y la cabeza recobraba su senda racional comenzó a comprender. Le habían advertido. El capataz no era hombre de fiar y cuando encontró su rancho vacío comprendió. Pero no pensaba volver, esos hombres estaban muy enardecidos mejor dejaba pasar el tiempo para que los ánimos se serenaran.
Abrir la puerta, recibir la sonrisa de Catalina y recuperar la paz fue todo uno. Quedaban muy pocas horas para concluir los preparativos. La vida era demasiado bella y las promesas eran muchas. Playa dorada, palmeras y pasión finalmente desbordada, no merecían ser arruinadas. Al regreso seguramente las cosas se solucionarían. Y así fue, todo lo imaginado apenas fue el esbozo de aquella luna de miel. Luego de la boda no tuvieron el lugar ni el momento para disfrutar y relajarse. Aquella playa en el caribe les brindo el espacio necesario, pudieron finalmente disfrutar de sus cuerpos y hallaron la comunión que intuían.
Con toda la energía y el optimismo del viaje subió a la camioneta y se dirigió al campo. Preparado para enfrentar los reclamos, esperanzado en que el tiempo transcurrido hubiera calmado los ánimos. Sin embargo todo lucia desierto y abandonado. La despensa vacía, la administración desordenada y algunas herramientas y artefactos pequeños que allí se guardaban también faltaban. Corrió hasta el galpón de maquinarias, afortunadamente el candado estaba intacto. En su afán de cobrarse de algún modo no se habían atrevido a tocar el tractor y las cosechadoras. Se sentó en un tronco de cedro, lustrado como adorno y recordatorio del bosque talado. Respiro aliviado. Todo era cuestión de armar una nueva cuadrilla para la próxima cosecha. Se sintió afortunado, no debería pagar nuevamente los jornales y tampoco dar explicaciones al suizo por el doble desembolso. Sin embargo sintió algún remordimiento, seguramente aquellas gentes pasarían hambre hasta la próxima campaña. Eran familias con muchos niños pequeños. Pero le habían enseñado a ser optimista y aparto esos pensamientos, esta gente sabía arreglarse con poco y de algún modo comerían, se convenció. Hasta era posible que volvieran mansos y sin reclamos en la próxima cosecha. Trabajo no sobraba. A fin de cuentas el se había portado bien, en solo un mes había regresado con intención de solucionar las cosas.
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jueves, 19 de noviembre de 2009
¡ Eso no estaba allí !
¿Por donde comenzar? Tal vez mantener la cronología de los hechos sea lo más útil. Aunque pido disculpas si parece poco verosímil, es inevitable que la realidad en ocasiones lo sea. Pero basta de preámbulos y comencemos.
Es muy incómodo recibir la visita de una cuadrilla sanitaria mientras almuerzas con amigos.
- Yo atiendo la puerta dije, y deje a mi esposa atendiendo la nutrida mesa.
- Buenos días tenemos que revisar su conexión de cloacas, nos llamaron urgente.
Mire hacia la mesa y mi esposa con una sonrisa triste me respondió a modo de disculpa. Sorteando la mesa y los invitados los conduje hasta el patio. Destaparon una gran boca de inspección. Confieso que nunca había reparado en ella. Decidí no apartarme hasta comprobar que hacían. Un poco por desconfianza y mucho de curiosidad. El ingeniero me explico lo novedoso de su técnica. Limpiaban el conducto en su boca y luego introducían una sonda que iluminaba y permitía inspeccionar visualmente el conducto. Nada de usar trépanos, hidráulicos o mecánicos. Aseguraban no dañar los caños. Primero se aseguraban del origen del problema.
Mas interesado por tantas precisiones técnicas me acerque justo cuando uno de los operarios se asomaba y llamaba muy preocupado al ingeniero. Miré sobre el hombro de los tres y me asome a un espectáculo inesperado. La boca del caño era muy grande, permitía pasar a un hombre agazapado, luego el conducto se ensanchaba y conectaba a una sala mucho mayor. Parecía un distribuidor hacia varios túneles. Toda la superficie desde el piso al techo esta recubierta por algún tipo de mayólica o cerámica esmaltada de aspecto vítreo. Un color verde intenso reverberaba desde el piso al techo enmarcado por dinteles, vértices y zócalos de color negro brillante. En muchos lugares faltaban trozos del revestimiento y la mezcla caliza oscurecida daba cuenta del paso del tiempo.
El lugar hablaba de mucho tiempo transcurrido, sin embargo todo estaba limpio como si en realidad no estuviera en funcionamiento. Nos adentramos sorprendidos y nos detuvimos paralizados. Hacia el final de la gran sala se veía una especie de ventanal algo destruido y más allá el cielo. Todas las referencias espaciales se trastocaron, trate de imaginar en que plano estábamos. Volví sobre mis pasos y me aseguré que efectivamente habíamos descendido por debajo del nivel de la calle. Nos agrupamos los cuatro y tratamos de recuperar la calma y el entendimiento.
Uno de los operarios avanzó decidido y lo seguimos. De pronto a nuestra derecha vimos un grupo de personas, lo más inquietante fue descubrir que estaban al aire libre. De algún modo pude recuperar la calma y observe aplicando la más objetiva racionalidad. Estábamos mirando un paisaje urbano de comienzos del siglo XX. Hombres rudos bebiendo, mujeres y niños en una especie de patio común separados de nosotros por una bruma lechosa que se extendía longitudinalmente hacia el final de la sala. Daba la impresión que no nos podían ver. Como si un velo separara nuestras realidades. Petrificado y muy asustado trate de retroceder.
El operario más audaz camino decidido hacia el patio y atravesó la bruma. Lo vi mezclarse entre la gente y parecía que no se habían dado cuenta de él. Sin embargo uno de los hombres con sombrero hongo lo increpó con dureza. Trato de volver hacia nosotros, primero con tranquilidad y luego en carrera desesperada pero al llegar a la bruma rebotó como si hubiera chocado con un muro. Al levantarse ocurrió una increíble metamorfosis, súbitamente se convirtió en un niño de aproximadamente 10 años. Era la misma persona sin ninguna duda, era el operario. Pero ya no lo era. Ahora era un niño despavorido.
A partir de ese momento todo fue vértigo. Los hombres se levantaron de sus asientos y nos encararon decididos y amenazantes. Ninguno de nosotros estaba preparado para enfrentar la brutal agresión que sobrevino. Sin dudas se trataba de hombres rudos tal vez matones, olían a alcohol y disfrutaban golpeándonos. Me defendí torpemente. Sin saber como ni cuando un instinto profundo despertó. Logre tomar a uno de ellos por el cuello desde atrás. Con la otra mano aferré con fuerza sus testículos y apreté con furia. Para mi desgracia lo hice con la mano derecha donde una vieja lesión en el pulgar me impedía mantener la presión por mucho tiempo. Entonces con un rugido mordí su oreja derecha. Sentí que la cortaba. La había tomada por el lóbulo y comprendí que no le haría suficiente daño. La solté y antes que pudiera defenderse lo volví a morder. Ahora si se la cortaría completa. El hombre se paralizó un instante y eso me permitió tomar sus testículos con toda la mano con ansias de arrancárselos. Sentí una extraña emoción, era una lucha épica. La razón contra la barbarie.
No podía enfocar a mis compañeros, aquello era un pandemonio. Gritábamos, rugíamos, nos revolcábamos en una orgía de violencia. Un éxtasis primitivo y salvaje me invadía, solamente pensaba en destruir hasta triturar a aquellos hombres. Luego algo cambió en el aire, un destello, un chorro de luz o tal vez fue mi cabeza que estalló.
Abro los ojos y estoy rodeado de sabanas blancas y cuerpos mutilados en la puerta de un quirófano. Son varias camillas de seres esperando ser reparados. Una silenciosa procesión de fantasmas. Mi esposa me acompaña relajada, me besa y me deja esperando mi turno.
Es muy incómodo recibir la visita de una cuadrilla sanitaria mientras almuerzas con amigos.
- Yo atiendo la puerta dije, y deje a mi esposa atendiendo la nutrida mesa.
- Buenos días tenemos que revisar su conexión de cloacas, nos llamaron urgente.
Mire hacia la mesa y mi esposa con una sonrisa triste me respondió a modo de disculpa. Sorteando la mesa y los invitados los conduje hasta el patio. Destaparon una gran boca de inspección. Confieso que nunca había reparado en ella. Decidí no apartarme hasta comprobar que hacían. Un poco por desconfianza y mucho de curiosidad. El ingeniero me explico lo novedoso de su técnica. Limpiaban el conducto en su boca y luego introducían una sonda que iluminaba y permitía inspeccionar visualmente el conducto. Nada de usar trépanos, hidráulicos o mecánicos. Aseguraban no dañar los caños. Primero se aseguraban del origen del problema.
Mas interesado por tantas precisiones técnicas me acerque justo cuando uno de los operarios se asomaba y llamaba muy preocupado al ingeniero. Miré sobre el hombro de los tres y me asome a un espectáculo inesperado. La boca del caño era muy grande, permitía pasar a un hombre agazapado, luego el conducto se ensanchaba y conectaba a una sala mucho mayor. Parecía un distribuidor hacia varios túneles. Toda la superficie desde el piso al techo esta recubierta por algún tipo de mayólica o cerámica esmaltada de aspecto vítreo. Un color verde intenso reverberaba desde el piso al techo enmarcado por dinteles, vértices y zócalos de color negro brillante. En muchos lugares faltaban trozos del revestimiento y la mezcla caliza oscurecida daba cuenta del paso del tiempo.
El lugar hablaba de mucho tiempo transcurrido, sin embargo todo estaba limpio como si en realidad no estuviera en funcionamiento. Nos adentramos sorprendidos y nos detuvimos paralizados. Hacia el final de la gran sala se veía una especie de ventanal algo destruido y más allá el cielo. Todas las referencias espaciales se trastocaron, trate de imaginar en que plano estábamos. Volví sobre mis pasos y me aseguré que efectivamente habíamos descendido por debajo del nivel de la calle. Nos agrupamos los cuatro y tratamos de recuperar la calma y el entendimiento.
Uno de los operarios avanzó decidido y lo seguimos. De pronto a nuestra derecha vimos un grupo de personas, lo más inquietante fue descubrir que estaban al aire libre. De algún modo pude recuperar la calma y observe aplicando la más objetiva racionalidad. Estábamos mirando un paisaje urbano de comienzos del siglo XX. Hombres rudos bebiendo, mujeres y niños en una especie de patio común separados de nosotros por una bruma lechosa que se extendía longitudinalmente hacia el final de la sala. Daba la impresión que no nos podían ver. Como si un velo separara nuestras realidades. Petrificado y muy asustado trate de retroceder.
El operario más audaz camino decidido hacia el patio y atravesó la bruma. Lo vi mezclarse entre la gente y parecía que no se habían dado cuenta de él. Sin embargo uno de los hombres con sombrero hongo lo increpó con dureza. Trato de volver hacia nosotros, primero con tranquilidad y luego en carrera desesperada pero al llegar a la bruma rebotó como si hubiera chocado con un muro. Al levantarse ocurrió una increíble metamorfosis, súbitamente se convirtió en un niño de aproximadamente 10 años. Era la misma persona sin ninguna duda, era el operario. Pero ya no lo era. Ahora era un niño despavorido.
A partir de ese momento todo fue vértigo. Los hombres se levantaron de sus asientos y nos encararon decididos y amenazantes. Ninguno de nosotros estaba preparado para enfrentar la brutal agresión que sobrevino. Sin dudas se trataba de hombres rudos tal vez matones, olían a alcohol y disfrutaban golpeándonos. Me defendí torpemente. Sin saber como ni cuando un instinto profundo despertó. Logre tomar a uno de ellos por el cuello desde atrás. Con la otra mano aferré con fuerza sus testículos y apreté con furia. Para mi desgracia lo hice con la mano derecha donde una vieja lesión en el pulgar me impedía mantener la presión por mucho tiempo. Entonces con un rugido mordí su oreja derecha. Sentí que la cortaba. La había tomada por el lóbulo y comprendí que no le haría suficiente daño. La solté y antes que pudiera defenderse lo volví a morder. Ahora si se la cortaría completa. El hombre se paralizó un instante y eso me permitió tomar sus testículos con toda la mano con ansias de arrancárselos. Sentí una extraña emoción, era una lucha épica. La razón contra la barbarie.
No podía enfocar a mis compañeros, aquello era un pandemonio. Gritábamos, rugíamos, nos revolcábamos en una orgía de violencia. Un éxtasis primitivo y salvaje me invadía, solamente pensaba en destruir hasta triturar a aquellos hombres. Luego algo cambió en el aire, un destello, un chorro de luz o tal vez fue mi cabeza que estalló.
Abro los ojos y estoy rodeado de sabanas blancas y cuerpos mutilados en la puerta de un quirófano. Son varias camillas de seres esperando ser reparados. Una silenciosa procesión de fantasmas. Mi esposa me acompaña relajada, me besa y me deja esperando mi turno.
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