Cuando las tipas reciben el sol de otoño La Cañada tiene un encanto especial. Las hojas aún permanecen verdes y brillantes, los troncos oscurecidos por el hollín de los escapes hacen más brillante el espejo del río aprisionado entre las altas paredes de piedra caliza. Todavía queda una alfombra amarilla sobre las veredas y algo del perfume de las flores. Los cordobeses amamos nuestra cañada, y es por lejos nuestro paisaje mas fotografiado. Nos gusta caminarlo, y lo siento más bello que las postales.
El medio día no es la mejor hora para pasear por la cañada. El tráfico es intenso, humo, bocinas, apuro y empujones. Gente apresurada por llegar a su casa, estudiantes hambrientos saliendo de las escuelas, empleados que buscan un lugar para comer un simple de milanesa, los linyeras desparraman en los canteros bolsas de plásticos llenas de vaya a saber que. Obstáculos humanos se interponen, nos alejan del paisaje. En esos momentos el sosiego y la calma se encuentra solo dentro del alma, la calle es puro furor y hastío. Aún así el paseo es bello.
También existen otros obstáculos. La crónica diaria alerta sobre arrebatos en plena calle, asaltos en los semáforos, y hasta un robo a mano armada en una escuela primaria. Poco a poco nos ha ganado el miedo. Miramos sobre el hombro y el gesto comienza a ser una costumbre cotidiana. Cuídate, fíjate por donde andas. No lleves mucho dinero. Ya no uso más cartera. Dales todo lo que tengas. Son frases cotidianas repetidas hasta el hartazgo. El temor nos ha invadido.
Pero me gusta pasear como si este río fuera enteramente mío, con displicencia, sintiendo el sol en el rostro. Ignoro el gentío. Cruzo de vereda al azar. Dejo que los troncos retorcidos me sugieran figuras. Evoco la niñez cuando jugábamos con las nubes, buscando formas, adivinado figuras.
En una esquina vuelvo a cruzar la calle atraído por la tapa de unas revistas colgadas de un escaparate. Siento un pequeño sobresalto. De frente se acerca con rapidez alguien corpulento. Nos encontraremos a mitad de la calle. Apuro el paso para llegar antes a la otra vereda, no quiero encontrarme con el en medio de la calzada. Me siento desguarnecido, sin protección. Efectivamente, se dirige a mi encuentro. Puedo verlo con claridad. No me inspira confianza. Esta mal vestido y hasta puedo sentir su olor, se que es solo sugestión y eso aumenta mas mi inquietud. Se dirige directamente hacia mí y tomo decididamente una actitud defensiva. Me enfrenta y algo dice. Tardo un instante en comprender la pregunta. Doy un paso hacia atrás y repite
- ¿Dónde queda el edificio de tribunales? –
Confundido le respondo apurado y me alejo avergonzado por tanto miedo, por tanta desconfianza. Me siento vacío y algo ridículo ante la defensa innecesaria. Me repugna este temor y la muralla que he levantado.
martes, 27 de diciembre de 2011
La navidad y los símbolos.
Para algunas personas estos días son algo difíciles, y hasta molestos.
Sus razones tendrán, y no es de eso de lo que te quería hablar.
Ya sabes que no soy creyente, incluso tengo arrebatos de militancia atea. Esporádicos y muy inconstantes, pero suficientes para recibir alguna reprobación.
A pesar de ello en estos días de fiesta y regocijo cristiano aprovecho para disfrutar de la compañía de cuanto amigo se preste a la fiesta y el encuentro.
Mi motivación es precisamente la voluntad del encuentro. Es algo así como surfear sobre la ola de festividades ajenas para gozar de la frescura y la espuma en el mar de la amistad. Sabemos que somos cómplices en esto de compartir la mesa y el vino, redefiniendo el renacer de la natividad. Dicho asi, tan simplemente suena a nada más que asados y vino.
Si solamente nos quedáramos en estas palabras estaríamos soslayando algo esencial que nos mueve.
Algo que nos conecta con pulsiones atávicas. Paso a explicar el rumbo de los pensamientos.
Desde tiempos inmemoriales es arto conocida la existencia de festividades conectadas al renacer de la vida en el día mas corto del año. Ese día donde la noche hace su último intento por apartar al sol. Postrer intento vano. Ese día último tras el cual la noche fría, amenazadora, compañera del hambre y la escasez, comienza a retroceder. Es la esperanza del renacer. El primer impulso del sol para retomar su fuerza transformadora y volver a ocupar el centro del firmamento.
Por esas cosas de los símbolos, cada vez más símbolos, cada vez más alejados de su origen factico, festejamos el renacer del sol…A pleno sol. Cuestiones extrañas de festividades nacidas en otras latitudes. Claro que los originales de estas tierras alguna vez también celebraron el renacer del sol y su promesa de vida renacida. Pero eso fue hace mas de 500 primaveras. Esos son símbolos olvidados.
Amigo no te abrumo mas con mis desvaríos y acepta el derecho que me asiste de resignificar los símbolos. Siento muy autentico, sincero y humano cambiar el culto al miedo del invierno sin fin, a la muerte del sol y su posible no retorno por un culto al encuentro fraterno alumbrados por el mismo fuego que nos acompaña desde el alba de los tiempos.
Sus razones tendrán, y no es de eso de lo que te quería hablar.
Ya sabes que no soy creyente, incluso tengo arrebatos de militancia atea. Esporádicos y muy inconstantes, pero suficientes para recibir alguna reprobación.
A pesar de ello en estos días de fiesta y regocijo cristiano aprovecho para disfrutar de la compañía de cuanto amigo se preste a la fiesta y el encuentro.
Mi motivación es precisamente la voluntad del encuentro. Es algo así como surfear sobre la ola de festividades ajenas para gozar de la frescura y la espuma en el mar de la amistad. Sabemos que somos cómplices en esto de compartir la mesa y el vino, redefiniendo el renacer de la natividad. Dicho asi, tan simplemente suena a nada más que asados y vino.
Si solamente nos quedáramos en estas palabras estaríamos soslayando algo esencial que nos mueve.
Algo que nos conecta con pulsiones atávicas. Paso a explicar el rumbo de los pensamientos.
Desde tiempos inmemoriales es arto conocida la existencia de festividades conectadas al renacer de la vida en el día mas corto del año. Ese día donde la noche hace su último intento por apartar al sol. Postrer intento vano. Ese día último tras el cual la noche fría, amenazadora, compañera del hambre y la escasez, comienza a retroceder. Es la esperanza del renacer. El primer impulso del sol para retomar su fuerza transformadora y volver a ocupar el centro del firmamento.
Por esas cosas de los símbolos, cada vez más símbolos, cada vez más alejados de su origen factico, festejamos el renacer del sol…A pleno sol. Cuestiones extrañas de festividades nacidas en otras latitudes. Claro que los originales de estas tierras alguna vez también celebraron el renacer del sol y su promesa de vida renacida. Pero eso fue hace mas de 500 primaveras. Esos son símbolos olvidados.
Amigo no te abrumo mas con mis desvaríos y acepta el derecho que me asiste de resignificar los símbolos. Siento muy autentico, sincero y humano cambiar el culto al miedo del invierno sin fin, a la muerte del sol y su posible no retorno por un culto al encuentro fraterno alumbrados por el mismo fuego que nos acompaña desde el alba de los tiempos.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Identidad Equivocada
Morir en lugar de otro, en lenguaje callejero, es un bajón. Fea casualidad, jugarreta del destino, zancadilla artera de innombrables deidades. O simplemente la confirmación de un destino probabilístico. Sabido es que si la probabilidad no es un conjunto vacío alguien será la desafortunada ocurrencia número catorce mil novecientos millones.
Cuanta angustia produce pensar en circunstancias donde no debías estar. Saber que nunca debiste encontrarte allí. Ese estar en el lugar y el momento equivocado. Ese trocito de espacio – tiempo donde nunca debiste encontrarte o ser. Esto si aceptamos que el ser es un estado inmanente del estar, que es como aceptar que jamás nos volvemos a bañar en el mismo rio. Porque en el devenir ya no somos los mismos, como tampoco el incesante fluir del agua puede ser detenido. Así ya no podemos ser iguales a nosotros mismos. Pero basta de rodeos, afrontemos la angustia y pongámosle carne a esta fea sensación.
Aquí los hechos como el boca a boca lo acercaron hasta la pluma.
A lo largo de toda la escuela secundaria Pedro y Demian fueron compañeros inseparables. Estuvieron unidos por la casualidad de tener el mismo apellido, algo muy común si te llamas Juarez. Sin embargo rara vez hubo confusiones. Estaba claro quien era quien. Tal vez porque Pedro era un “gringo” típico, en cambio el incierto mestizaje le había dado un aspecto aindiado a Demian. Uno rubio el otro morocho. Así de sencillo y fácil para distinguir. Por lo demás corrieron tras la misma pelota, bebieron en la misma esquina del colegio y bailaron en las mismas fiestas. El barrio es el nuevo pueblo chico donde los encuentros y amores se conjugan colectivamente.
Carolina es un fruto largamente apetecido por innumerables ojos. Miradas directas y atrevidas alimentan su ego adolescente. Se siente hermosa, deseada. Ella también desea. Pero allí esta el mandato férreo que la mantiene sujeta como potro al palenque. Madre católica militante y padre oficial de la fuerza aérea. Diques asfixiantes, enormes, acosantes.
Salir a bailar es la resultante de un negociación lenta, obstinada, extenuante.
Si te acompaña tu madre, - ni loca voy -, entonces te quedas.
¿Las lleva quien?, ¿Quién las busca?, ¿? Infinitos interrogantes.
Solo queda escaparse. Inevitable resultado. Difícil potro resultan las hormonas exaltadas. Para la empresa esta uno de los Juarez, no aclararemos cual. Partieron en el auto familiar a conquistar la noche.
Esta es una historia que ya tiene demasiadas pistas. Prefiero reservar las señales que nos permitirían adivinar cual de ellos fue el vehículo para la aventura. Triste aventura iniciada a escondidas y terminada en los periódicos.
Ahora Carolina es un número más en la estadística de muertes jóvenes por accidentes de tránsito en la madrugada de los sábados. En el barrio se comenta. Ella murió por culpa del chico Juarez. Habían tomado de más. Le gustaba correr picadas, siempre fue un poco alocado. Le robo el auto al padre para salir con la chica.
Las voces anónimas de los comedidos del barrio iniciaron el eterno rumor. Aluvión de susurros y medias palabras. Pesada losa sobre el chico Juarez ahora reconocido francamente como culpable de la muerte.
¿Quien puede traducir en palabras el dolor del padre?. Tantos sentimientos encontrados, infierno que consume cada instante, cada inspiración es una tortura de angustia y ausencia. Al comienzo también fue una explosión de furia, pero largos años de entrenamiento militar le enseñaron como llevar la bronca en silencio. Y la bronca se desbarranco en la dirección del odio. Lento, macerado, con fruición y alevosía contenida. El chico Juarez le robo la vida de Carolina, él le robaría la suya. Los detalles huelgan. Simplemente fue a su encuentro y le puso cuatro balazos.
Pero nadie es con certeza emisario voluntario del destino. Siniestra parábola que cruzó los caminos. Ya nada será igual en el barrio. La venganza encontró al destinatario equivocado.
A uno de ellos, hoy el frío definitivo le alcanzó el cuerpo. Al otro, al verdadero, al que disfrutó de la última compañía de Carolina, el frío le gano el alma. Para siempre.
Cuanta angustia produce pensar en circunstancias donde no debías estar. Saber que nunca debiste encontrarte allí. Ese estar en el lugar y el momento equivocado. Ese trocito de espacio – tiempo donde nunca debiste encontrarte o ser. Esto si aceptamos que el ser es un estado inmanente del estar, que es como aceptar que jamás nos volvemos a bañar en el mismo rio. Porque en el devenir ya no somos los mismos, como tampoco el incesante fluir del agua puede ser detenido. Así ya no podemos ser iguales a nosotros mismos. Pero basta de rodeos, afrontemos la angustia y pongámosle carne a esta fea sensación.
Aquí los hechos como el boca a boca lo acercaron hasta la pluma.
A lo largo de toda la escuela secundaria Pedro y Demian fueron compañeros inseparables. Estuvieron unidos por la casualidad de tener el mismo apellido, algo muy común si te llamas Juarez. Sin embargo rara vez hubo confusiones. Estaba claro quien era quien. Tal vez porque Pedro era un “gringo” típico, en cambio el incierto mestizaje le había dado un aspecto aindiado a Demian. Uno rubio el otro morocho. Así de sencillo y fácil para distinguir. Por lo demás corrieron tras la misma pelota, bebieron en la misma esquina del colegio y bailaron en las mismas fiestas. El barrio es el nuevo pueblo chico donde los encuentros y amores se conjugan colectivamente.
Carolina es un fruto largamente apetecido por innumerables ojos. Miradas directas y atrevidas alimentan su ego adolescente. Se siente hermosa, deseada. Ella también desea. Pero allí esta el mandato férreo que la mantiene sujeta como potro al palenque. Madre católica militante y padre oficial de la fuerza aérea. Diques asfixiantes, enormes, acosantes.
Salir a bailar es la resultante de un negociación lenta, obstinada, extenuante.
Si te acompaña tu madre, - ni loca voy -, entonces te quedas.
¿Las lleva quien?, ¿Quién las busca?, ¿? Infinitos interrogantes.
Solo queda escaparse. Inevitable resultado. Difícil potro resultan las hormonas exaltadas. Para la empresa esta uno de los Juarez, no aclararemos cual. Partieron en el auto familiar a conquistar la noche.
Esta es una historia que ya tiene demasiadas pistas. Prefiero reservar las señales que nos permitirían adivinar cual de ellos fue el vehículo para la aventura. Triste aventura iniciada a escondidas y terminada en los periódicos.
Ahora Carolina es un número más en la estadística de muertes jóvenes por accidentes de tránsito en la madrugada de los sábados. En el barrio se comenta. Ella murió por culpa del chico Juarez. Habían tomado de más. Le gustaba correr picadas, siempre fue un poco alocado. Le robo el auto al padre para salir con la chica.
Las voces anónimas de los comedidos del barrio iniciaron el eterno rumor. Aluvión de susurros y medias palabras. Pesada losa sobre el chico Juarez ahora reconocido francamente como culpable de la muerte.
¿Quien puede traducir en palabras el dolor del padre?. Tantos sentimientos encontrados, infierno que consume cada instante, cada inspiración es una tortura de angustia y ausencia. Al comienzo también fue una explosión de furia, pero largos años de entrenamiento militar le enseñaron como llevar la bronca en silencio. Y la bronca se desbarranco en la dirección del odio. Lento, macerado, con fruición y alevosía contenida. El chico Juarez le robo la vida de Carolina, él le robaría la suya. Los detalles huelgan. Simplemente fue a su encuentro y le puso cuatro balazos.
Pero nadie es con certeza emisario voluntario del destino. Siniestra parábola que cruzó los caminos. Ya nada será igual en el barrio. La venganza encontró al destinatario equivocado.
A uno de ellos, hoy el frío definitivo le alcanzó el cuerpo. Al otro, al verdadero, al que disfrutó de la última compañía de Carolina, el frío le gano el alma. Para siempre.
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