Un sol rojo y retazos de cielo se insinúan tras los cristales. El aire freso me da de lleno en el pecho arrojado por bocas con rejillas de aluminio. Todo es artificial. El aire, las luces, los sonidos del ambiente y esas sonrisas pálidas.
Los rostros lánguidos me devuelven sonrisas tenues deslizándose sobre sandalias brillantes. Sandalias de andar ausente con ese ir y venir de las hojas de otoño. Sandalias que contienen mujeres, que como las hojas se arremolinan y vacilan cuando un viajero apresurado las atropella.
He visto tu rostro, ese rostro y también aquel en otros días. Los vi ayer y mañana mezclados con acero, cristal y hormigón. Tapizados con tapas coloridas, revistas y periódicos. Bajo luces cenitales, delgadas y fantasmales cuando se acerca la partida del último vuelo. He visto tu sombra o solo una sombra impersonal. En ocasiones he mirado de frente algunos ojos. Esos ojos, tus ojos. En cada ocasión me sacude el deseo infinito de desnudarte y desmenuzarte como un trozo de pan, para saber si tu corazón esta tan seco como tu maquillaje.
jueves, 19 de enero de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
Un paseo casi perfecto
Cuando las tipas reciben el sol de otoño La Cañada tiene un encanto especial. Las hojas aún permanecen verdes y brillantes, los troncos oscurecidos por el hollín de los escapes hacen más brillante el espejo del río aprisionado entre las altas paredes de piedra caliza. Todavía queda una alfombra amarilla sobre las veredas y algo del perfume de las flores. Los cordobeses amamos nuestra cañada, y es por lejos nuestro paisaje mas fotografiado. Nos gusta caminarlo, y lo siento más bello que las postales.
El medio día no es la mejor hora para pasear por la cañada. El tráfico es intenso, humo, bocinas, apuro y empujones. Gente apresurada por llegar a su casa, estudiantes hambrientos saliendo de las escuelas, empleados que buscan un lugar para comer un simple de milanesa, los linyeras desparraman en los canteros bolsas de plásticos llenas de vaya a saber que. Obstáculos humanos se interponen, nos alejan del paisaje. En esos momentos el sosiego y la calma se encuentra solo dentro del alma, la calle es puro furor y hastío. Aún así el paseo es bello.
También existen otros obstáculos. La crónica diaria alerta sobre arrebatos en plena calle, asaltos en los semáforos, y hasta un robo a mano armada en una escuela primaria. Poco a poco nos ha ganado el miedo. Miramos sobre el hombro y el gesto comienza a ser una costumbre cotidiana. Cuídate, fíjate por donde andas. No lleves mucho dinero. Ya no uso más cartera. Dales todo lo que tengas. Son frases cotidianas repetidas hasta el hartazgo. El temor nos ha invadido.
Pero me gusta pasear como si este río fuera enteramente mío, con displicencia, sintiendo el sol en el rostro. Ignoro el gentío. Cruzo de vereda al azar. Dejo que los troncos retorcidos me sugieran figuras. Evoco la niñez cuando jugábamos con las nubes, buscando formas, adivinado figuras.
En una esquina vuelvo a cruzar la calle atraído por la tapa de unas revistas colgadas de un escaparate. Siento un pequeño sobresalto. De frente se acerca con rapidez alguien corpulento. Nos encontraremos a mitad de la calle. Apuro el paso para llegar antes a la otra vereda, no quiero encontrarme con el en medio de la calzada. Me siento desguarnecido, sin protección. Efectivamente, se dirige a mi encuentro. Puedo verlo con claridad. No me inspira confianza. Esta mal vestido y hasta puedo sentir su olor, se que es solo sugestión y eso aumenta mas mi inquietud. Se dirige directamente hacia mí y tomo decididamente una actitud defensiva. Me enfrenta y algo dice. Tardo un instante en comprender la pregunta. Doy un paso hacia atrás y repite
- ¿Dónde queda el edificio de tribunales? –
Confundido le respondo apurado y me alejo avergonzado por tanto miedo, por tanta desconfianza. Me siento vacío y algo ridículo ante la defensa innecesaria. Me repugna este temor y la muralla que he levantado.
El medio día no es la mejor hora para pasear por la cañada. El tráfico es intenso, humo, bocinas, apuro y empujones. Gente apresurada por llegar a su casa, estudiantes hambrientos saliendo de las escuelas, empleados que buscan un lugar para comer un simple de milanesa, los linyeras desparraman en los canteros bolsas de plásticos llenas de vaya a saber que. Obstáculos humanos se interponen, nos alejan del paisaje. En esos momentos el sosiego y la calma se encuentra solo dentro del alma, la calle es puro furor y hastío. Aún así el paseo es bello.
También existen otros obstáculos. La crónica diaria alerta sobre arrebatos en plena calle, asaltos en los semáforos, y hasta un robo a mano armada en una escuela primaria. Poco a poco nos ha ganado el miedo. Miramos sobre el hombro y el gesto comienza a ser una costumbre cotidiana. Cuídate, fíjate por donde andas. No lleves mucho dinero. Ya no uso más cartera. Dales todo lo que tengas. Son frases cotidianas repetidas hasta el hartazgo. El temor nos ha invadido.
Pero me gusta pasear como si este río fuera enteramente mío, con displicencia, sintiendo el sol en el rostro. Ignoro el gentío. Cruzo de vereda al azar. Dejo que los troncos retorcidos me sugieran figuras. Evoco la niñez cuando jugábamos con las nubes, buscando formas, adivinado figuras.
En una esquina vuelvo a cruzar la calle atraído por la tapa de unas revistas colgadas de un escaparate. Siento un pequeño sobresalto. De frente se acerca con rapidez alguien corpulento. Nos encontraremos a mitad de la calle. Apuro el paso para llegar antes a la otra vereda, no quiero encontrarme con el en medio de la calzada. Me siento desguarnecido, sin protección. Efectivamente, se dirige a mi encuentro. Puedo verlo con claridad. No me inspira confianza. Esta mal vestido y hasta puedo sentir su olor, se que es solo sugestión y eso aumenta mas mi inquietud. Se dirige directamente hacia mí y tomo decididamente una actitud defensiva. Me enfrenta y algo dice. Tardo un instante en comprender la pregunta. Doy un paso hacia atrás y repite
- ¿Dónde queda el edificio de tribunales? –
Confundido le respondo apurado y me alejo avergonzado por tanto miedo, por tanta desconfianza. Me siento vacío y algo ridículo ante la defensa innecesaria. Me repugna este temor y la muralla que he levantado.
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La navidad y los símbolos.
Para algunas personas estos días son algo difíciles, y hasta molestos.
Sus razones tendrán, y no es de eso de lo que te quería hablar.
Ya sabes que no soy creyente, incluso tengo arrebatos de militancia atea. Esporádicos y muy inconstantes, pero suficientes para recibir alguna reprobación.
A pesar de ello en estos días de fiesta y regocijo cristiano aprovecho para disfrutar de la compañía de cuanto amigo se preste a la fiesta y el encuentro.
Mi motivación es precisamente la voluntad del encuentro. Es algo así como surfear sobre la ola de festividades ajenas para gozar de la frescura y la espuma en el mar de la amistad. Sabemos que somos cómplices en esto de compartir la mesa y el vino, redefiniendo el renacer de la natividad. Dicho asi, tan simplemente suena a nada más que asados y vino.
Si solamente nos quedáramos en estas palabras estaríamos soslayando algo esencial que nos mueve.
Algo que nos conecta con pulsiones atávicas. Paso a explicar el rumbo de los pensamientos.
Desde tiempos inmemoriales es arto conocida la existencia de festividades conectadas al renacer de la vida en el día mas corto del año. Ese día donde la noche hace su último intento por apartar al sol. Postrer intento vano. Ese día último tras el cual la noche fría, amenazadora, compañera del hambre y la escasez, comienza a retroceder. Es la esperanza del renacer. El primer impulso del sol para retomar su fuerza transformadora y volver a ocupar el centro del firmamento.
Por esas cosas de los símbolos, cada vez más símbolos, cada vez más alejados de su origen factico, festejamos el renacer del sol…A pleno sol. Cuestiones extrañas de festividades nacidas en otras latitudes. Claro que los originales de estas tierras alguna vez también celebraron el renacer del sol y su promesa de vida renacida. Pero eso fue hace mas de 500 primaveras. Esos son símbolos olvidados.
Amigo no te abrumo mas con mis desvaríos y acepta el derecho que me asiste de resignificar los símbolos. Siento muy autentico, sincero y humano cambiar el culto al miedo del invierno sin fin, a la muerte del sol y su posible no retorno por un culto al encuentro fraterno alumbrados por el mismo fuego que nos acompaña desde el alba de los tiempos.
Sus razones tendrán, y no es de eso de lo que te quería hablar.
Ya sabes que no soy creyente, incluso tengo arrebatos de militancia atea. Esporádicos y muy inconstantes, pero suficientes para recibir alguna reprobación.
A pesar de ello en estos días de fiesta y regocijo cristiano aprovecho para disfrutar de la compañía de cuanto amigo se preste a la fiesta y el encuentro.
Mi motivación es precisamente la voluntad del encuentro. Es algo así como surfear sobre la ola de festividades ajenas para gozar de la frescura y la espuma en el mar de la amistad. Sabemos que somos cómplices en esto de compartir la mesa y el vino, redefiniendo el renacer de la natividad. Dicho asi, tan simplemente suena a nada más que asados y vino.
Si solamente nos quedáramos en estas palabras estaríamos soslayando algo esencial que nos mueve.
Algo que nos conecta con pulsiones atávicas. Paso a explicar el rumbo de los pensamientos.
Desde tiempos inmemoriales es arto conocida la existencia de festividades conectadas al renacer de la vida en el día mas corto del año. Ese día donde la noche hace su último intento por apartar al sol. Postrer intento vano. Ese día último tras el cual la noche fría, amenazadora, compañera del hambre y la escasez, comienza a retroceder. Es la esperanza del renacer. El primer impulso del sol para retomar su fuerza transformadora y volver a ocupar el centro del firmamento.
Por esas cosas de los símbolos, cada vez más símbolos, cada vez más alejados de su origen factico, festejamos el renacer del sol…A pleno sol. Cuestiones extrañas de festividades nacidas en otras latitudes. Claro que los originales de estas tierras alguna vez también celebraron el renacer del sol y su promesa de vida renacida. Pero eso fue hace mas de 500 primaveras. Esos son símbolos olvidados.
Amigo no te abrumo mas con mis desvaríos y acepta el derecho que me asiste de resignificar los símbolos. Siento muy autentico, sincero y humano cambiar el culto al miedo del invierno sin fin, a la muerte del sol y su posible no retorno por un culto al encuentro fraterno alumbrados por el mismo fuego que nos acompaña desde el alba de los tiempos.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Identidad Equivocada
Morir en lugar de otro, en lenguaje callejero, es un bajón. Fea casualidad, jugarreta del destino, zancadilla artera de innombrables deidades. O simplemente la confirmación de un destino probabilístico. Sabido es que si la probabilidad no es un conjunto vacío alguien será la desafortunada ocurrencia número catorce mil novecientos millones.
Cuanta angustia produce pensar en circunstancias donde no debías estar. Saber que nunca debiste encontrarte allí. Ese estar en el lugar y el momento equivocado. Ese trocito de espacio – tiempo donde nunca debiste encontrarte o ser. Esto si aceptamos que el ser es un estado inmanente del estar, que es como aceptar que jamás nos volvemos a bañar en el mismo rio. Porque en el devenir ya no somos los mismos, como tampoco el incesante fluir del agua puede ser detenido. Así ya no podemos ser iguales a nosotros mismos. Pero basta de rodeos, afrontemos la angustia y pongámosle carne a esta fea sensación.
Aquí los hechos como el boca a boca lo acercaron hasta la pluma.
A lo largo de toda la escuela secundaria Pedro y Demian fueron compañeros inseparables. Estuvieron unidos por la casualidad de tener el mismo apellido, algo muy común si te llamas Juarez. Sin embargo rara vez hubo confusiones. Estaba claro quien era quien. Tal vez porque Pedro era un “gringo” típico, en cambio el incierto mestizaje le había dado un aspecto aindiado a Demian. Uno rubio el otro morocho. Así de sencillo y fácil para distinguir. Por lo demás corrieron tras la misma pelota, bebieron en la misma esquina del colegio y bailaron en las mismas fiestas. El barrio es el nuevo pueblo chico donde los encuentros y amores se conjugan colectivamente.
Carolina es un fruto largamente apetecido por innumerables ojos. Miradas directas y atrevidas alimentan su ego adolescente. Se siente hermosa, deseada. Ella también desea. Pero allí esta el mandato férreo que la mantiene sujeta como potro al palenque. Madre católica militante y padre oficial de la fuerza aérea. Diques asfixiantes, enormes, acosantes.
Salir a bailar es la resultante de un negociación lenta, obstinada, extenuante.
Si te acompaña tu madre, - ni loca voy -, entonces te quedas.
¿Las lleva quien?, ¿Quién las busca?, ¿? Infinitos interrogantes.
Solo queda escaparse. Inevitable resultado. Difícil potro resultan las hormonas exaltadas. Para la empresa esta uno de los Juarez, no aclararemos cual. Partieron en el auto familiar a conquistar la noche.
Esta es una historia que ya tiene demasiadas pistas. Prefiero reservar las señales que nos permitirían adivinar cual de ellos fue el vehículo para la aventura. Triste aventura iniciada a escondidas y terminada en los periódicos.
Ahora Carolina es un número más en la estadística de muertes jóvenes por accidentes de tránsito en la madrugada de los sábados. En el barrio se comenta. Ella murió por culpa del chico Juarez. Habían tomado de más. Le gustaba correr picadas, siempre fue un poco alocado. Le robo el auto al padre para salir con la chica.
Las voces anónimas de los comedidos del barrio iniciaron el eterno rumor. Aluvión de susurros y medias palabras. Pesada losa sobre el chico Juarez ahora reconocido francamente como culpable de la muerte.
¿Quien puede traducir en palabras el dolor del padre?. Tantos sentimientos encontrados, infierno que consume cada instante, cada inspiración es una tortura de angustia y ausencia. Al comienzo también fue una explosión de furia, pero largos años de entrenamiento militar le enseñaron como llevar la bronca en silencio. Y la bronca se desbarranco en la dirección del odio. Lento, macerado, con fruición y alevosía contenida. El chico Juarez le robo la vida de Carolina, él le robaría la suya. Los detalles huelgan. Simplemente fue a su encuentro y le puso cuatro balazos.
Pero nadie es con certeza emisario voluntario del destino. Siniestra parábola que cruzó los caminos. Ya nada será igual en el barrio. La venganza encontró al destinatario equivocado.
A uno de ellos, hoy el frío definitivo le alcanzó el cuerpo. Al otro, al verdadero, al que disfrutó de la última compañía de Carolina, el frío le gano el alma. Para siempre.
Cuanta angustia produce pensar en circunstancias donde no debías estar. Saber que nunca debiste encontrarte allí. Ese estar en el lugar y el momento equivocado. Ese trocito de espacio – tiempo donde nunca debiste encontrarte o ser. Esto si aceptamos que el ser es un estado inmanente del estar, que es como aceptar que jamás nos volvemos a bañar en el mismo rio. Porque en el devenir ya no somos los mismos, como tampoco el incesante fluir del agua puede ser detenido. Así ya no podemos ser iguales a nosotros mismos. Pero basta de rodeos, afrontemos la angustia y pongámosle carne a esta fea sensación.
Aquí los hechos como el boca a boca lo acercaron hasta la pluma.
A lo largo de toda la escuela secundaria Pedro y Demian fueron compañeros inseparables. Estuvieron unidos por la casualidad de tener el mismo apellido, algo muy común si te llamas Juarez. Sin embargo rara vez hubo confusiones. Estaba claro quien era quien. Tal vez porque Pedro era un “gringo” típico, en cambio el incierto mestizaje le había dado un aspecto aindiado a Demian. Uno rubio el otro morocho. Así de sencillo y fácil para distinguir. Por lo demás corrieron tras la misma pelota, bebieron en la misma esquina del colegio y bailaron en las mismas fiestas. El barrio es el nuevo pueblo chico donde los encuentros y amores se conjugan colectivamente.
Carolina es un fruto largamente apetecido por innumerables ojos. Miradas directas y atrevidas alimentan su ego adolescente. Se siente hermosa, deseada. Ella también desea. Pero allí esta el mandato férreo que la mantiene sujeta como potro al palenque. Madre católica militante y padre oficial de la fuerza aérea. Diques asfixiantes, enormes, acosantes.
Salir a bailar es la resultante de un negociación lenta, obstinada, extenuante.
Si te acompaña tu madre, - ni loca voy -, entonces te quedas.
¿Las lleva quien?, ¿Quién las busca?, ¿? Infinitos interrogantes.
Solo queda escaparse. Inevitable resultado. Difícil potro resultan las hormonas exaltadas. Para la empresa esta uno de los Juarez, no aclararemos cual. Partieron en el auto familiar a conquistar la noche.
Esta es una historia que ya tiene demasiadas pistas. Prefiero reservar las señales que nos permitirían adivinar cual de ellos fue el vehículo para la aventura. Triste aventura iniciada a escondidas y terminada en los periódicos.
Ahora Carolina es un número más en la estadística de muertes jóvenes por accidentes de tránsito en la madrugada de los sábados. En el barrio se comenta. Ella murió por culpa del chico Juarez. Habían tomado de más. Le gustaba correr picadas, siempre fue un poco alocado. Le robo el auto al padre para salir con la chica.
Las voces anónimas de los comedidos del barrio iniciaron el eterno rumor. Aluvión de susurros y medias palabras. Pesada losa sobre el chico Juarez ahora reconocido francamente como culpable de la muerte.
¿Quien puede traducir en palabras el dolor del padre?. Tantos sentimientos encontrados, infierno que consume cada instante, cada inspiración es una tortura de angustia y ausencia. Al comienzo también fue una explosión de furia, pero largos años de entrenamiento militar le enseñaron como llevar la bronca en silencio. Y la bronca se desbarranco en la dirección del odio. Lento, macerado, con fruición y alevosía contenida. El chico Juarez le robo la vida de Carolina, él le robaría la suya. Los detalles huelgan. Simplemente fue a su encuentro y le puso cuatro balazos.
Pero nadie es con certeza emisario voluntario del destino. Siniestra parábola que cruzó los caminos. Ya nada será igual en el barrio. La venganza encontró al destinatario equivocado.
A uno de ellos, hoy el frío definitivo le alcanzó el cuerpo. Al otro, al verdadero, al que disfrutó de la última compañía de Carolina, el frío le gano el alma. Para siempre.
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viernes, 24 de diciembre de 2010
Justicia, simplemente
Han transcurrido 27 años desde que comenzamos a desprendernos del miedo como una vieja piel indeseable.
Para algunos toda una vida.
Mirando de nuevo hacia atrás para cualquiera es toda una vida.
En esos 27 veranos o inviernos o julios o setiembres soñamos, imaginamos, renegamos y nos enojamos pidiendo justicia.
En algún momento imagine este día, lo pensé alegre, venturoso, esperanzado, luminoso.
Seguramente otros sentimientos mas oscuros también estuvieron presentes, pero a esos hace tiempo los he desechado.
Estoy aquí, parado en el ahora, que dentro de poco sera un hito de la historia. Estoy aquí tratando de descifrar porque no siento alegría.
Ni siquiera me pregunto porque no hay rabia. A esa compañera la abandoné en un recodo del camino.
Con ese interrogante me senté para escribirte y compartir este instante, pues al cabo de tanta angustia solo llegaron lagrimas.
No puedo festejar y si festejo.
No puedo festejar porque todavía duelen las ausencias, siempre dolerán, y porque el veredicto trajo justicia a reclamos parciales del pasado. Todavía quedan impunes la ausencia de pan, trabajo y dignidad.
Para algunos toda una vida.
Mirando de nuevo hacia atrás para cualquiera es toda una vida.
En esos 27 veranos o inviernos o julios o setiembres soñamos, imaginamos, renegamos y nos enojamos pidiendo justicia.
En algún momento imagine este día, lo pensé alegre, venturoso, esperanzado, luminoso.
Seguramente otros sentimientos mas oscuros también estuvieron presentes, pero a esos hace tiempo los he desechado.
Estoy aquí, parado en el ahora, que dentro de poco sera un hito de la historia. Estoy aquí tratando de descifrar porque no siento alegría.
Ni siquiera me pregunto porque no hay rabia. A esa compañera la abandoné en un recodo del camino.
Con ese interrogante me senté para escribirte y compartir este instante, pues al cabo de tanta angustia solo llegaron lagrimas.
No puedo festejar y si festejo.
No puedo festejar porque todavía duelen las ausencias, siempre dolerán, y porque el veredicto trajo justicia a reclamos parciales del pasado. Todavía quedan impunes la ausencia de pan, trabajo y dignidad.
martes, 16 de marzo de 2010
La otra casa
Desde hace mucho tiempo existe la otra casa. Allí transcurren hechos importantes. Sin embargo es diferente a esta, desde donde ahora escribo, y que también es mi casa. Mientras relato los últimos acontecimientos puedo afirmar que estoy en esta casa. Sin embargo a lo largo del día trato de cumplir con obligaciones surgidas de la otra. Simplemente se trata de otra casa con otra vida. La mía. Tan concreta como la de esta computadora donde van surgiendo hacia la izquierda las letras hasta completar una palabra. También sucede en ocasiones que voy a trabajar sin poder precisar cual es mi casa, todo sucede desde algún lugar impreciso. Claro, lo importante para relatarles son otras cuestiones y a nadie debería importarle donde dormí, desayune o libere mis fluidos. Vaya pretensión saber todo eso.
Les decía, si no he perdido el hilo de la conversación, es algo inquietante sentir ambas casas profundamente mías. Hasta puede aceptarse a la otra casa como más funcional, los recorridos son más directos. Tienen que ver con mis necesidades y no con los dictados creativos de ningún arquitecto. Si deseo comer estoy en la cocina y para discutir con mi mujer ya estoy en el patio o la sala. El recorrido solo es el necesario, cuando algo ocurre la situación directamente nos lleva hasta allí. Nada de recorrer pasillos, atravesar cuartos ajenos ni abrir puertas cerradas.
Suelo confundirme, porque los hechos ocurren en el lugar indicado o en realidad solo ocurren si me encuentro en el lugar indicado.
Pero antes de avanzar es conveniente establecer algunas convenciones. Cuando digo esta casa me refiero a la más mundana, vulgar y cotidiana. Esa donde las cosas suceden tal como corresponde. Cuando hablo de la otra casa, es aquella, es la otra. La de los pasadizos cambiantes, las habitaciones flexibles, las paredes móviles, y las funcionalidades intercambiables.
Pero entiéndase bien, no tan flexible, ni móvil o intercambiable que me haga desconocerla. No me pierdo ni desoriento. Solamente me extraño por lo breve de algunos pasajes y si estoy muy angustiado o ansioso el patio se aleja sumiéndome en gran inquietud. O la cocina ya no esta donde siempre y deambulo en círculos por las mismas habitaciones para poder encontrarla. Abro puertas incesantes y corro por pasillos muy breves sin llegar a su extremo. En esas ocasiones surge la certeza de que algo me esta angustiando y el recorrido perpetuo y sin final es un aviso, un recordatorio de algo inconcluso.
En estos días estoy particularmente preocupado. Las mañanas están cargadas de angustia. Algo no esta saliendo como deseo. Todavía no estoy muy seguro cual es la cuestión. Sin embargo permanezco insatisfecho hasta bien entrado el día. Estoy seguro, o casi seguro que algún cabo suelto hay en mis prioridades. Flota en el aire. Al acostarme me hormiguea en las tripas y se agudiza al despertar. Además he tenido sueños muy espesos.
Si, espesos. No llegan a ser pesadillas, pero son recurrentes y me dejan agotado. Hasta sueño que he soñado. En algún momento eso me inquietó, ya no, casi no sucede nunca, y me parece un verdadero hallazgo de la mente. Soñar que se sueña, despertar y estar dentro de un sueño para luego despertar finalmente. Sin afán de alardear me suena algo impresionante, me he atrevido a imaginar ciertas virtudes especiales de la mente, para nada asequibles a todos los mortales. Volviendo a la densidad de los sueños. Me agradan aquellos fugaces y sin mella, coloridos, despojados de consecuencias. Pero últimamente despierto muy cansado. Debo haber trabajado muchísimo en cada uno de ellos.
En la otra casa sigo sin poder llegar a tiempo a las clases de la facultad. Tengo prácticos sin acabar y las reuniones grupales para prepararlos siempre se complican inexplicablemente. Las habitaciones se mezclan impidiendo que nos encontremos con mis compañeros de estudio. Mi hermana menor corretea por el patio y debo socorrerla por un accidente, tiene un corte y sangra.
Cuando resuelvo el incidente ya todos se han ido. Salgo a la calle, justamente cuando pasa un amigo con su auto. Quiero alcanzar a mi grupo de estudios. Salimos a buscarlos, tengo la esperanza de irlos pescando como a peces. Imagino una red tirada por una lancha muy veloz. Esa idea es maravillosa, inspiradora diría. Eduardo, mi amigo, esta ya cansado de buscar a mis compañeros de facultad y se encamina hacia la playa. Allí esta la lancha y podremos disfrutar del resto del día. Finalmente regreso abatido, agotado y sin ningún trabajo práctico concluido. Nuevamente estoy en la clase sin haber cumplido. Aquí emerge implacable la insatisfacción, otro objetivo sin alcanzar.
En esta casa sucede igual que con mi trabajo. Hace tiempo termine la facultad. Sin embargo en la otra casa sigo estudiando. Cuando despierto, de tanto en tanto, recuerdo que he vuelto a vivir en aquella casa que les dije. Para no confundirme o confundirlos les recuerdo que la llamaremos la otra casa.
Sin embargo algo debe significar este desasosiego, los acontecimientos en paralelo se están incrementando. Entiéndase bien, no son un espejo, una simetría. Por el contrario son muy diferentes. En la otra casa las cosas vuelven a suceder sin llegar al punto actual de situación. Más bien se estancan por alguna nimia dificultad y allí quedo empantanado luchando por traer las cosas al presente. Incluso sucede con recuerdos de la niñez. Es la misma niñez de esta casa. No encuentro mayores diferencias, sin embargo me estanco en sucesos por demás insatisfactorios.
Juan Carlos sigue manipulando a todo nuestro grupo y no he podido desarmar sus manejos. En esta casi sí lo logré. Fue cuando nos agarramos a trompadas y finalmente pude vencerlo. El se aprovecho por mucho tiempo de su mayor estatura y mi recurrente sangrado nasal. Rápidamente aplicaba un golpe descendente en mi nariz, yo comenzaba a sangrar y terminaba la pelea. Perseveré en mis desafíos y finalmente pude vencerlo, mi nariz resistió varios golpes y la bronca largamente acumulada dio sus frutos. En la otra casa la cuestión esta algo confusa. Allí en realidad no llegamos a los golpes de puño, acumulo mi bronca incesante, recurrente. El nos manipula imponiendo cuando y, a que jugar. Allí todavía me debe una buena pelea.
Los días más difíciles los paso escapando por los techos de un enorme galpón de chapas. Un techo abovedado rodeado de altas paredes. Intento llegar a la calle más cercana y tras cada pared un nuevo techo. Hace tiempo deambulo por la misma manzana. Incluso intente bajar a un patio con césped pero un enorme perro negro me lo impidió. El miedo a los perros es común en ambas casas. La única mordedura ocurrió en esta, pero en la otra las persecuciones son incesantes. Afortunadamente soy muy ágil y escapo, los eludo o lucho con bastante fortuna. De todas maneras son bastante inoportunos, aparecen de súbito en medio de las huidas. Nunca son mas de dos o tres, grandes, delgados y negros como mis mas profundos temores. Los colmillos relucen blancos, y las lenguas rojas y húmedas me producen temblores de puro asco.
En la otra casa los enojos son tremendos de furia, un huracán de ira. En uno de ellos termine en esta cama de hospital. Parece que tengo bastantes heridas pero no quiero ver a nadie. Avisé por el celular que no me esperen a dormir. No les he dado detalles del accidente ni del hospital. Cuando sea tiempo regresaré. Aquí me quedo absolutamente inmóvil, boca arriba con los ojos cerrados. Las manos tendidas al costado y el cuerpo muy relajado. Cuando traen la comida, me dan los medicamentes o pido la chata, abro los ojos, son los únicos momentos en que abro los ojos. Si es imprescindible hablo, de lo contrario sigo dentro de mí. Así día tras día. Las enfermeras murmuran. Piensan que estoy loco. He insistido, no quiero visitas, no quiero ver familiares, vecinos, amigos ni compañeros de trabajo. Ya me levantaré cuando sea tiempo. Me siento bien, me estoy reponiendo. Dice el doctor que es un milagro que suceda tan rápidamente. Se que no es ningún milagro. Estoy permanentemente concentrado y es sabido que la mente es inmensamente poderosa. Me duermo y despierto siempre en la misma posición. Desde que llegué me mantengo inmóvil y concentrado. Siempre en la misma posición. Para los buenos entendedores pocas palabras, no me interesa el contacto social con ningún miembro del hospital, pacientes o familiares.
Los despertares son instantáneos y no necesito pestañear, mantengo los ojos cerrados, estoy muy conciente mirando hacia adentro. He tenido tiempo suficiente para reflexionar y llegue a una decisión inapelable. Mas bien una leve disyuntiva. ¿Ha llegado el momento de partir? Dudo aún si hacia adentro o hacia fuera. Pero es cuestión de poco tiempo resolverlo. De todos modos se me hace que podrían ser las dos direcciones simultáneamente. Todavía necesito seguir en esta posición para reponerme. Ejercito mis músculos sin moverlos, se llama tensión dinámica como leí alguna vez. Deben conservar la tonicidad, pronto estaré listo para incorporarme. Insistí en la prohibición de visitas, cuando sea tiempo ya me verán.
Los doctores se consultan luego de revisarme. Puede ponerse de pie me preguntan. Con un leve mareo ya estoy caminando. No les permito tomar ninguna decisión, me visto. Los saludo por supuesto y agradezco sus atenciones.
Ha llegado la hora y me encamino para sentir el sol en la cara.
Estoy en marcha, ya no necesito a nadie. Viajo hacia adentro mientras me voy alejando.
Les decía, si no he perdido el hilo de la conversación, es algo inquietante sentir ambas casas profundamente mías. Hasta puede aceptarse a la otra casa como más funcional, los recorridos son más directos. Tienen que ver con mis necesidades y no con los dictados creativos de ningún arquitecto. Si deseo comer estoy en la cocina y para discutir con mi mujer ya estoy en el patio o la sala. El recorrido solo es el necesario, cuando algo ocurre la situación directamente nos lleva hasta allí. Nada de recorrer pasillos, atravesar cuartos ajenos ni abrir puertas cerradas.
Suelo confundirme, porque los hechos ocurren en el lugar indicado o en realidad solo ocurren si me encuentro en el lugar indicado.
Pero antes de avanzar es conveniente establecer algunas convenciones. Cuando digo esta casa me refiero a la más mundana, vulgar y cotidiana. Esa donde las cosas suceden tal como corresponde. Cuando hablo de la otra casa, es aquella, es la otra. La de los pasadizos cambiantes, las habitaciones flexibles, las paredes móviles, y las funcionalidades intercambiables.
Pero entiéndase bien, no tan flexible, ni móvil o intercambiable que me haga desconocerla. No me pierdo ni desoriento. Solamente me extraño por lo breve de algunos pasajes y si estoy muy angustiado o ansioso el patio se aleja sumiéndome en gran inquietud. O la cocina ya no esta donde siempre y deambulo en círculos por las mismas habitaciones para poder encontrarla. Abro puertas incesantes y corro por pasillos muy breves sin llegar a su extremo. En esas ocasiones surge la certeza de que algo me esta angustiando y el recorrido perpetuo y sin final es un aviso, un recordatorio de algo inconcluso.
En estos días estoy particularmente preocupado. Las mañanas están cargadas de angustia. Algo no esta saliendo como deseo. Todavía no estoy muy seguro cual es la cuestión. Sin embargo permanezco insatisfecho hasta bien entrado el día. Estoy seguro, o casi seguro que algún cabo suelto hay en mis prioridades. Flota en el aire. Al acostarme me hormiguea en las tripas y se agudiza al despertar. Además he tenido sueños muy espesos.
Si, espesos. No llegan a ser pesadillas, pero son recurrentes y me dejan agotado. Hasta sueño que he soñado. En algún momento eso me inquietó, ya no, casi no sucede nunca, y me parece un verdadero hallazgo de la mente. Soñar que se sueña, despertar y estar dentro de un sueño para luego despertar finalmente. Sin afán de alardear me suena algo impresionante, me he atrevido a imaginar ciertas virtudes especiales de la mente, para nada asequibles a todos los mortales. Volviendo a la densidad de los sueños. Me agradan aquellos fugaces y sin mella, coloridos, despojados de consecuencias. Pero últimamente despierto muy cansado. Debo haber trabajado muchísimo en cada uno de ellos.
En la otra casa sigo sin poder llegar a tiempo a las clases de la facultad. Tengo prácticos sin acabar y las reuniones grupales para prepararlos siempre se complican inexplicablemente. Las habitaciones se mezclan impidiendo que nos encontremos con mis compañeros de estudio. Mi hermana menor corretea por el patio y debo socorrerla por un accidente, tiene un corte y sangra.
Cuando resuelvo el incidente ya todos se han ido. Salgo a la calle, justamente cuando pasa un amigo con su auto. Quiero alcanzar a mi grupo de estudios. Salimos a buscarlos, tengo la esperanza de irlos pescando como a peces. Imagino una red tirada por una lancha muy veloz. Esa idea es maravillosa, inspiradora diría. Eduardo, mi amigo, esta ya cansado de buscar a mis compañeros de facultad y se encamina hacia la playa. Allí esta la lancha y podremos disfrutar del resto del día. Finalmente regreso abatido, agotado y sin ningún trabajo práctico concluido. Nuevamente estoy en la clase sin haber cumplido. Aquí emerge implacable la insatisfacción, otro objetivo sin alcanzar.
En esta casa sucede igual que con mi trabajo. Hace tiempo termine la facultad. Sin embargo en la otra casa sigo estudiando. Cuando despierto, de tanto en tanto, recuerdo que he vuelto a vivir en aquella casa que les dije. Para no confundirme o confundirlos les recuerdo que la llamaremos la otra casa.
Sin embargo algo debe significar este desasosiego, los acontecimientos en paralelo se están incrementando. Entiéndase bien, no son un espejo, una simetría. Por el contrario son muy diferentes. En la otra casa las cosas vuelven a suceder sin llegar al punto actual de situación. Más bien se estancan por alguna nimia dificultad y allí quedo empantanado luchando por traer las cosas al presente. Incluso sucede con recuerdos de la niñez. Es la misma niñez de esta casa. No encuentro mayores diferencias, sin embargo me estanco en sucesos por demás insatisfactorios.
Juan Carlos sigue manipulando a todo nuestro grupo y no he podido desarmar sus manejos. En esta casi sí lo logré. Fue cuando nos agarramos a trompadas y finalmente pude vencerlo. El se aprovecho por mucho tiempo de su mayor estatura y mi recurrente sangrado nasal. Rápidamente aplicaba un golpe descendente en mi nariz, yo comenzaba a sangrar y terminaba la pelea. Perseveré en mis desafíos y finalmente pude vencerlo, mi nariz resistió varios golpes y la bronca largamente acumulada dio sus frutos. En la otra casa la cuestión esta algo confusa. Allí en realidad no llegamos a los golpes de puño, acumulo mi bronca incesante, recurrente. El nos manipula imponiendo cuando y, a que jugar. Allí todavía me debe una buena pelea.
Los días más difíciles los paso escapando por los techos de un enorme galpón de chapas. Un techo abovedado rodeado de altas paredes. Intento llegar a la calle más cercana y tras cada pared un nuevo techo. Hace tiempo deambulo por la misma manzana. Incluso intente bajar a un patio con césped pero un enorme perro negro me lo impidió. El miedo a los perros es común en ambas casas. La única mordedura ocurrió en esta, pero en la otra las persecuciones son incesantes. Afortunadamente soy muy ágil y escapo, los eludo o lucho con bastante fortuna. De todas maneras son bastante inoportunos, aparecen de súbito en medio de las huidas. Nunca son mas de dos o tres, grandes, delgados y negros como mis mas profundos temores. Los colmillos relucen blancos, y las lenguas rojas y húmedas me producen temblores de puro asco.
En la otra casa los enojos son tremendos de furia, un huracán de ira. En uno de ellos termine en esta cama de hospital. Parece que tengo bastantes heridas pero no quiero ver a nadie. Avisé por el celular que no me esperen a dormir. No les he dado detalles del accidente ni del hospital. Cuando sea tiempo regresaré. Aquí me quedo absolutamente inmóvil, boca arriba con los ojos cerrados. Las manos tendidas al costado y el cuerpo muy relajado. Cuando traen la comida, me dan los medicamentes o pido la chata, abro los ojos, son los únicos momentos en que abro los ojos. Si es imprescindible hablo, de lo contrario sigo dentro de mí. Así día tras día. Las enfermeras murmuran. Piensan que estoy loco. He insistido, no quiero visitas, no quiero ver familiares, vecinos, amigos ni compañeros de trabajo. Ya me levantaré cuando sea tiempo. Me siento bien, me estoy reponiendo. Dice el doctor que es un milagro que suceda tan rápidamente. Se que no es ningún milagro. Estoy permanentemente concentrado y es sabido que la mente es inmensamente poderosa. Me duermo y despierto siempre en la misma posición. Desde que llegué me mantengo inmóvil y concentrado. Siempre en la misma posición. Para los buenos entendedores pocas palabras, no me interesa el contacto social con ningún miembro del hospital, pacientes o familiares.
Los despertares son instantáneos y no necesito pestañear, mantengo los ojos cerrados, estoy muy conciente mirando hacia adentro. He tenido tiempo suficiente para reflexionar y llegue a una decisión inapelable. Mas bien una leve disyuntiva. ¿Ha llegado el momento de partir? Dudo aún si hacia adentro o hacia fuera. Pero es cuestión de poco tiempo resolverlo. De todos modos se me hace que podrían ser las dos direcciones simultáneamente. Todavía necesito seguir en esta posición para reponerme. Ejercito mis músculos sin moverlos, se llama tensión dinámica como leí alguna vez. Deben conservar la tonicidad, pronto estaré listo para incorporarme. Insistí en la prohibición de visitas, cuando sea tiempo ya me verán.
Los doctores se consultan luego de revisarme. Puede ponerse de pie me preguntan. Con un leve mareo ya estoy caminando. No les permito tomar ninguna decisión, me visto. Los saludo por supuesto y agradezco sus atenciones.
Ha llegado la hora y me encamino para sentir el sol en la cara.
Estoy en marcha, ya no necesito a nadie. Viajo hacia adentro mientras me voy alejando.
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jueves, 17 de diciembre de 2009
Quien mato a Federico Garcia Lorca
La prensa nos abruma con historias y reivindicaciones históricas. Homenajes póstumos, panteones apoteósicos. En ocasiones mencionan tu espíritu libertario, independiente, indómito y se atreven a insinuar allí el motivo de tu muerte. Puedo especular con datos precisos y conceptos esclarecidos las causas de tu muerte. Concluir que te extirparon antes que la fuerza de tu carácter echara raíces y peor aun fructificara en otros cuerpos.
Pero quienes te silenciaron eran hombres convencidos, firmes brazos de espasmódica discordancia. Tal vez entendiendo sus pensamientos entendamos tu muerte. Loca pretensión la de conocerlos, sin embargo me atrevo al ejercicio. Me atrevo y lo intento porque sí los he conocido. No a ellos sino a sus iguales, gemelos, semejantes, absurdamente análogos. Tan parecidos entre si como el reflejo en el agua quieta de las lagunas. Porque aquí en mi tierra viven sus hermanos, iguales, análogos, espejos de los espejos de sus almas, modelos repetidos en la inagotable galería de la vida.
Se que te rechazaban, y temían, y en la insondable oscuridad de su paroxismo sus deseos no podían tener nombre. Seguramente volcanes primordiales les mordían la carne, porque eran humanos. Seguramente también se confesaban a medias, y rezaban con vergüenza de alzar sus ojos a las imágenes que los miraban desde las impolutas alturas de los altares. Porque alturas y altares miran desde arriba toda la inmensa pequeñez de los postrados pecadores. Pero los deseos, pecados inconclusos, nunca son pequeños a los ojos del juzgador. Por el contrario tienen dimensión oceánica, abismal. La mirada inquisidora ahoga el corazón del penitente en la sucia marisma de la culpa.
Podríamos sentarnos con cada uno de ellos a tomar un vino, disfrutando del crepúsculo, tal vez encontraríamos a simples labriegos, o tenderos, algún leguleyo o simplemente un herrero. Padre, esposo, hijo de alguien. Trabajador, esforzado, perezoso, bebedor, divertido, melancólico, solitario, franco, furtivo, arrogante, turbio, tímido, resentido. Y sigue la lista de los posibles hasta donde alcance la mirada.
En fin nada distinto a mi, a ti que lees, al que nos mira. Pero algo nos distingue y algo en común tenían ellos. Algo que no tenemos todos, por eso no andamos matando a los Federico de esta tierra.
Ellos odiaban el desenfado provocativo del joven homosexual. ¿Les sacudirían las tripas y mas abajo también?
Les molestaba. ¡Si! era molestia que su pequeñez transformo en odio.
Porque no temía al pecado.
Porque no le entrego el corazón a bandera o divisa.
Porque era un mal ejemplo para sus hijos.
Porque cuidado que puede llevar a otros consigo.
Porque escribe, y a veces no lo entendemos.
Porque es peligroso.
Porque no responde a nadie.
Peor aun solo responde a su conciencia.
No, a su conciencia no, solo responde a sus entrañas.
Porque nos recuerda que esta vivo.
Pero pronto ya no lo estará, pronto lo resolveremos. Dijeron. Se miraron y callaron.
Pero quienes te silenciaron eran hombres convencidos, firmes brazos de espasmódica discordancia. Tal vez entendiendo sus pensamientos entendamos tu muerte. Loca pretensión la de conocerlos, sin embargo me atrevo al ejercicio. Me atrevo y lo intento porque sí los he conocido. No a ellos sino a sus iguales, gemelos, semejantes, absurdamente análogos. Tan parecidos entre si como el reflejo en el agua quieta de las lagunas. Porque aquí en mi tierra viven sus hermanos, iguales, análogos, espejos de los espejos de sus almas, modelos repetidos en la inagotable galería de la vida.
Se que te rechazaban, y temían, y en la insondable oscuridad de su paroxismo sus deseos no podían tener nombre. Seguramente volcanes primordiales les mordían la carne, porque eran humanos. Seguramente también se confesaban a medias, y rezaban con vergüenza de alzar sus ojos a las imágenes que los miraban desde las impolutas alturas de los altares. Porque alturas y altares miran desde arriba toda la inmensa pequeñez de los postrados pecadores. Pero los deseos, pecados inconclusos, nunca son pequeños a los ojos del juzgador. Por el contrario tienen dimensión oceánica, abismal. La mirada inquisidora ahoga el corazón del penitente en la sucia marisma de la culpa.
Podríamos sentarnos con cada uno de ellos a tomar un vino, disfrutando del crepúsculo, tal vez encontraríamos a simples labriegos, o tenderos, algún leguleyo o simplemente un herrero. Padre, esposo, hijo de alguien. Trabajador, esforzado, perezoso, bebedor, divertido, melancólico, solitario, franco, furtivo, arrogante, turbio, tímido, resentido. Y sigue la lista de los posibles hasta donde alcance la mirada.
En fin nada distinto a mi, a ti que lees, al que nos mira. Pero algo nos distingue y algo en común tenían ellos. Algo que no tenemos todos, por eso no andamos matando a los Federico de esta tierra.
Ellos odiaban el desenfado provocativo del joven homosexual. ¿Les sacudirían las tripas y mas abajo también?
Les molestaba. ¡Si! era molestia que su pequeñez transformo en odio.
Porque no temía al pecado.
Porque no le entrego el corazón a bandera o divisa.
Porque era un mal ejemplo para sus hijos.
Porque cuidado que puede llevar a otros consigo.
Porque escribe, y a veces no lo entendemos.
Porque es peligroso.
Porque no responde a nadie.
Peor aun solo responde a su conciencia.
No, a su conciencia no, solo responde a sus entrañas.
Porque nos recuerda que esta vivo.
Pero pronto ya no lo estará, pronto lo resolveremos. Dijeron. Se miraron y callaron.
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