lunes, 30 de noviembre de 2009

Historia de amor en el monte

Un flamante diploma de ingeniero agrónomo habilita la puerta de todos los sueños. Cumplida la etapa del estudio puede ahora proyectarse, expandirse, realizarse diríamos en lenguaje arcaico. La idea de contraer matrimonio ha tomado cuerpo. Un cuerpo espiritual, síntesis de anhelos y pasiones encarnado en un cuerpo pleno y voluptuoso. Cierra los ojos y lo inunda el recuerdo que es casi una presencia. Catalina. Abre los ojos y aparta decidido esta imagen. Tiene una férrea educación católica y estos pensamientos inquietantes no tienen lugar de ser. Los aparta y se concentra en los avisos del periódico. Sin transición, casi diría como en un mágico movimiento desde el cuerpo de Catalina a las letras de molde encuentra el aviso. Esplendoroso allí esperándolo, “Ing. Agrónomo, emprendedor para explotación agropecuaria, disposición para viajar otras provincias, excelente remuneración”. Se le acelera el pulso y ya se imagina en el campo aplicando los últimos adelantos tecnológicos, convencido de la necesidad de lograr los mejores rindes con la menor inversión.

Luego todo fue puro vértigo. Un inversor suizo con grandes proyectos y la mejor tecnología lo puso al frente de un campo en Charata en lo profundo del monte Chaqueño. El desmonte afortunadamente estaba terminado. La vivienda era precaria, pero no era necesario estar todo el tiempo en el lugar, le dijeron. Aconsejado por otros empresarios del lugar contrato capataces locales acostumbrados a tratar con los peones. Todos ellos de la etnia wichis. Acostumbrados al monte y las alimañas. Hombres rudos que se trasladaban entre cosechas con toda su familia. Se les acondicionaron carpas con los restos de silos portátiles. La estadía es corta, la soja no requiere mucha gente en periodos largos. La solución era buena, económica y práctica. El cielo cada vez mas cerca, la cosecha promete excelente rinde y el suizo lo habilitó con el medio por ciento de las utilidades como un premio extra. Se lo ganó, el primer año fue de sol a sol y de lunes a lunes.
El primer descanso fue en una pequeña casilla de madera. Luego construyeron una casa y las promesas fueron tomando color. Como tomaban color de primavera los ojos de Catalina mientras ajetreaba con los preparativos de la boda. Fue una celebración de cenicienta. El novio se lo había ganado con su trabajo y sin ayuda. A pesar de los peones y su reticencia a permanecer en el monte, o peor con aquella pretensión de conservar el monte sin cultivar. Aferrados a prácticas arcaicas y ancestrales. Viviendo según tradiciones que custodian la tierra improductiva. Negándose a la agricultura, cuidando el monte como si pudiera conservarse impoluto en su salvaje, primitiva y cruel geografía.
A pesar de soles y lluvias diluviales, de capataces prepotentes y peones torvos y ladinos, las cosechas se sucedieron. La tierra fructificó y la confianza del inversor fue recompensada. Allá lejos un hombre satisfecho viviendo entre montañas y paisajes de ensueño enviaba felicitaciones y su valoración por el trabajo bien hecho.
Una inversión bien dirigida debe rendir frutos y el suizo le ratificaba su confianza, aún sin conocerlo. Los años de facultad se justificaron y la juventud tesonera fue un atributo indispensable para los buenos negocios. Como en toda historia de amor verdadera construida con sueños posibles planearon su luna de miel. Se sentían como nuevos ricos, dispuestos a disfrutar sin complejos. Eligieron una playa del caribe. Pero los tiempos de la cosecha son sagrados y tuvieron que dilatar por unos días el esperado viaje. Una vez terminadas las labores de esa campaña solo faltaba despedir al personal y asegurar la provisión de semillas para la próxima siembra, luego todo era viajar y disfrutar. Retiró del banco el dinero para el último jornal, se lo entrego al capataz y se ocupó de almacenar el grano en los silos portátiles. Quedaban solo tres días para la partida. Se entrego al recuerdo de Catalina sin poder apartar totalmente de su mente el repaso de las últimas tareas. Se levanto temprano, tomo unos mates y se dirigió por ultimas vez al campo. Con sorpresa encontró a todos los peones reunidos frente al galpón donde guardaban las máquinas. ¿Que cuando nos paga che patrón?, ¿que pasa chamigo que ni yerba tenemos? Que nos engaño che patrón. Que hoy no apareció el Froilan. Que todos los gringos son iguales, mentirosos, tramposos. Que siempre se abusan del pobre indio.
Arrinconado contra la puerta de la pequeña casa que era vivienda y administración balbuceaba sin poder organizar los pensamientos. Atemorizado por los oscuros brazos enarbolando machetes intentaba disculpas que enardecían más a los peones. Lo arrinconaron a los gritos y sintió el beso frío de la muerte. Aquellos hombres exigían su paga sin más dilaciones. Un coro de mujeres y niños se sumaban con quejas por los ranchos inmundos, el agua que los enfermaba y la comida siempre escasa. Finalmente tomo aire, hincho el pecho y alzando la voz logro retomar el control. Que aquí nadie los engañó. Siempre hemos pagado puntualmente. Si Froilan se ha demorado buenas razones tendrá. Ya mismo voy a buscarlo y arreglamos el asunto. No quiero más gritos ni faltas de respeto. Para que vean la buena voluntad les dejo abierta la despensa y se preparan una buena comida mientras me esperan. Nadie se mueve de aquí. Enseguida vuelvo. Subió a la camioneta y aparentando una entereza que no poseía arranco despacio. Esos hombres mansos y obedientes se volvieron fieras cuando pusieron en juego el alimento de sus familias. Se había salvado por muy poco. Mientras se recuperaba del tremendo susto y la cabeza recobraba su senda racional comenzó a comprender. Le habían advertido. El capataz no era hombre de fiar y cuando encontró su rancho vacío comprendió. Pero no pensaba volver, esos hombres estaban muy enardecidos mejor dejaba pasar el tiempo para que los ánimos se serenaran.

Abrir la puerta, recibir la sonrisa de Catalina y recuperar la paz fue todo uno. Quedaban muy pocas horas para concluir los preparativos. La vida era demasiado bella y las promesas eran muchas. Playa dorada, palmeras y pasión finalmente desbordada, no merecían ser arruinadas. Al regreso seguramente las cosas se solucionarían. Y así fue, todo lo imaginado apenas fue el esbozo de aquella luna de miel. Luego de la boda no tuvieron el lugar ni el momento para disfrutar y relajarse. Aquella playa en el caribe les brindo el espacio necesario, pudieron finalmente disfrutar de sus cuerpos y hallaron la comunión que intuían.
Con toda la energía y el optimismo del viaje subió a la camioneta y se dirigió al campo. Preparado para enfrentar los reclamos, esperanzado en que el tiempo transcurrido hubiera calmado los ánimos. Sin embargo todo lucia desierto y abandonado. La despensa vacía, la administración desordenada y algunas herramientas y artefactos pequeños que allí se guardaban también faltaban. Corrió hasta el galpón de maquinarias, afortunadamente el candado estaba intacto. En su afán de cobrarse de algún modo no se habían atrevido a tocar el tractor y las cosechadoras. Se sentó en un tronco de cedro, lustrado como adorno y recordatorio del bosque talado. Respiro aliviado. Todo era cuestión de armar una nueva cuadrilla para la próxima cosecha. Se sintió afortunado, no debería pagar nuevamente los jornales y tampoco dar explicaciones al suizo por el doble desembolso. Sin embargo sintió algún remordimiento, seguramente aquellas gentes pasarían hambre hasta la próxima campaña. Eran familias con muchos niños pequeños. Pero le habían enseñado a ser optimista y aparto esos pensamientos, esta gente sabía arreglarse con poco y de algún modo comerían, se convenció. Hasta era posible que volvieran mansos y sin reclamos en la próxima cosecha. Trabajo no sobraba. A fin de cuentas el se había portado bien, en solo un mes había regresado con intención de solucionar las cosas.

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