Morir en lugar de otro, en lenguaje callejero, es un bajón. Fea casualidad, jugarreta del destino, zancadilla artera de innombrables deidades. O simplemente la confirmación de un destino probabilístico. Sabido es que si la probabilidad no es un conjunto vacío alguien será la desafortunada ocurrencia número catorce mil novecientos millones.
Cuanta angustia produce pensar en circunstancias donde no debías estar. Saber que nunca debiste encontrarte allí. Ese estar en el lugar y el momento equivocado. Ese trocito de espacio – tiempo donde nunca debiste encontrarte o ser. Esto si aceptamos que el ser es un estado inmanente del estar, que es como aceptar que jamás nos volvemos a bañar en el mismo rio. Porque en el devenir ya no somos los mismos, como tampoco el incesante fluir del agua puede ser detenido. Así ya no podemos ser iguales a nosotros mismos. Pero basta de rodeos, afrontemos la angustia y pongámosle carne a esta fea sensación.
Aquí los hechos como el boca a boca lo acercaron hasta la pluma.
A lo largo de toda la escuela secundaria Pedro y Demian fueron compañeros inseparables. Estuvieron unidos por la casualidad de tener el mismo apellido, algo muy común si te llamas Juarez. Sin embargo rara vez hubo confusiones. Estaba claro quien era quien. Tal vez porque Pedro era un “gringo” típico, en cambio el incierto mestizaje le había dado un aspecto aindiado a Demian. Uno rubio el otro morocho. Así de sencillo y fácil para distinguir. Por lo demás corrieron tras la misma pelota, bebieron en la misma esquina del colegio y bailaron en las mismas fiestas. El barrio es el nuevo pueblo chico donde los encuentros y amores se conjugan colectivamente.
Carolina es un fruto largamente apetecido por innumerables ojos. Miradas directas y atrevidas alimentan su ego adolescente. Se siente hermosa, deseada. Ella también desea. Pero allí esta el mandato férreo que la mantiene sujeta como potro al palenque. Madre católica militante y padre oficial de la fuerza aérea. Diques asfixiantes, enormes, acosantes.
Salir a bailar es la resultante de un negociación lenta, obstinada, extenuante.
Si te acompaña tu madre, - ni loca voy -, entonces te quedas.
¿Las lleva quien?, ¿Quién las busca?, ¿? Infinitos interrogantes.
Solo queda escaparse. Inevitable resultado. Difícil potro resultan las hormonas exaltadas. Para la empresa esta uno de los Juarez, no aclararemos cual. Partieron en el auto familiar a conquistar la noche.
Esta es una historia que ya tiene demasiadas pistas. Prefiero reservar las señales que nos permitirían adivinar cual de ellos fue el vehículo para la aventura. Triste aventura iniciada a escondidas y terminada en los periódicos.
Ahora Carolina es un número más en la estadística de muertes jóvenes por accidentes de tránsito en la madrugada de los sábados. En el barrio se comenta. Ella murió por culpa del chico Juarez. Habían tomado de más. Le gustaba correr picadas, siempre fue un poco alocado. Le robo el auto al padre para salir con la chica.
Las voces anónimas de los comedidos del barrio iniciaron el eterno rumor. Aluvión de susurros y medias palabras. Pesada losa sobre el chico Juarez ahora reconocido francamente como culpable de la muerte.
¿Quien puede traducir en palabras el dolor del padre?. Tantos sentimientos encontrados, infierno que consume cada instante, cada inspiración es una tortura de angustia y ausencia. Al comienzo también fue una explosión de furia, pero largos años de entrenamiento militar le enseñaron como llevar la bronca en silencio. Y la bronca se desbarranco en la dirección del odio. Lento, macerado, con fruición y alevosía contenida. El chico Juarez le robo la vida de Carolina, él le robaría la suya. Los detalles huelgan. Simplemente fue a su encuentro y le puso cuatro balazos.
Pero nadie es con certeza emisario voluntario del destino. Siniestra parábola que cruzó los caminos. Ya nada será igual en el barrio. La venganza encontró al destinatario equivocado.
A uno de ellos, hoy el frío definitivo le alcanzó el cuerpo. Al otro, al verdadero, al que disfrutó de la última compañía de Carolina, el frío le gano el alma. Para siempre.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Identidad Equivocada
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