¿Como contar esta historia sin hacer trampas? Sin crear un misterio artificial y literario. Alguien dirá que lo más sencillo es comenzar por el principio. Bonita solución si supiera discernir cual es el principio. No solo en sentido cronológico sino, esencialmente, en un sentido ontológico. A estas alturas del circunloquio la mejor salida es contarles cual fue el disparador de este soliloquio. Como ya sabrán detesto la ultima pagina del diario que es donde los casos policiales y accidentes de transito conviven en un eterno charco de sangre. Pero – bueno, siempre hay un pero - una noticia algo extraña voló desde la hoja del periódico y me atravesó. El recuadro era pequeño con una foto en blanco y negro. Se trataba de dos viejas camionetas Estanciera que habían chocado de frente. La nota aclaraba, ambas eran de color rojo.
Muy pocos detalles aportaba el periódico dejando una puerta abierta para la intriga y la especulación. Allí debería terminar todo sin embargo, por el contrario, en mi mente se dispararon infinidad de conexiones. Múltiples ideas surgieron. Y sensaciones con olor a vino, asado y risas estentóreas. En un encuentro con viejos compañeros de fábrica mientras repasábamos el derrotero de todos los ausentes alguien refirió la historia. Por aquellos años todos teníamos grandes facilidades para adquirir los vehículos que fabricábamos. Como buenos mecánicos la mayoría de nosotros hacíamos dinero extra trabajando por las tardes en nuestro propio taller. Eso mismo hicieron dos amigos que a más de vecinos eran compadres. Construyeron con esfuerzo sus casas, habitación tras habitación a medida que la familia crecía. Trabajaron solidarios ayudándose en todo emprendimiento. Salieron juntos de vacaciones, compartieron navidades, bautismos y estrechez. Por supuesto compraron el mismo año una Estanciera cada uno y se aseguraron que fueran las mismas que con cierto disimulo traían con esmero desde la línea de producción. Rojas como la pasión y el amor.
Rojo era el vino de cada brindis y cuando las copas se hicieron muchas la nostalgia y un cierto alo de tragedia suele embargar la fiesta. Alguno conocía mejor a los protagonistas y finalmente cerró el círculo de las dos camionetas. Tanto va el cántaro a la fuente que finalmente la armonía de aquellos amigos se desbarranco por el peor de los escenarios. Una esposa se sintió desatendida y la otra también reclamó más cumplidos y menos grasa y olor a fierros. Se tomaron su tiempo y su espacio, se redescubrieron mujeres. La sensualidad las inundo con gozo y libertad. Las amigas se sintieron con alas nuevas.
El dolor y la vergüenza alejaron aquellos hombres de su hogar, también de su barrio.
Nadie sabe hasta donde los llevo la deriva. Cada uno partió con su Estanciera roja y su tristeza a cuestas. La crónica me sugirió un reencuentro, supuse que eran las mismas camionetas compañeras desde la línea de producción. De los conductores nada se decía.
jueves, 29 de octubre de 2009
martes, 27 de octubre de 2009
Francotirador
Francotirador
Después de varios días de espera comienza el deseo. Apretar el gatillo es necesario, me digo a modo de compañía. Observo el pueblo en ruinas, quieto, polvoriento. Trato de no adormecerme siguiendo las idas y vueltas de los perros y las ratas. Como todos los días apareció una anciana. Revolvía entre los escombros y algo recogía. Todas las mañanas salía cargando un recipiente de lata abollado, buscaba agua en un surtidor todavía sano en el patio de una casa hermosa, ya en ruinas. En el charco siempre presente los pájaros se bañaban y los gorjeos, que imagino, me transportaban al patio de la niñez.
En el pueblo los hombres son escasos y los soldados toman sus precauciones a pesar de la distancia que nos separa. Saben que los estoy esperando. Una planicie pedregosa apenas cubierta de pastos separa el pueblo de esta loma. Me siento seguro, el bosquecito es espeso y fresco. Las moscas perennes de los muertos se detienen a mitad del descampado arrastradas por una brisa fuerte, casi eterna.
Finalmente me di el gusto. A falta de panes, buenas son las tortas dice el refrán. Cuando alguien concibió este lugar incluyo a la anciana para darle dimensión humana. El fusil tiene sus necesidades y no podía desoírlas por más tiempo. Casi podía derribarla con los ojos cerrados. Caminaba tan lentamente y esquivando los mismo escombros. Repetía su trayectoria con precisión. Con un andar moroso e inestable. Una invitación inexcusable.
Lamentablemente no pude disfrutarlo plenamente. Con la claridad que da la muerte ahora se que era el señuelo de otro francotirador mas paciente, ubicado en el campanario de la iglesia justo frente a mi.
27 de octubre de 2009
Después de varios días de espera comienza el deseo. Apretar el gatillo es necesario, me digo a modo de compañía. Observo el pueblo en ruinas, quieto, polvoriento. Trato de no adormecerme siguiendo las idas y vueltas de los perros y las ratas. Como todos los días apareció una anciana. Revolvía entre los escombros y algo recogía. Todas las mañanas salía cargando un recipiente de lata abollado, buscaba agua en un surtidor todavía sano en el patio de una casa hermosa, ya en ruinas. En el charco siempre presente los pájaros se bañaban y los gorjeos, que imagino, me transportaban al patio de la niñez.
En el pueblo los hombres son escasos y los soldados toman sus precauciones a pesar de la distancia que nos separa. Saben que los estoy esperando. Una planicie pedregosa apenas cubierta de pastos separa el pueblo de esta loma. Me siento seguro, el bosquecito es espeso y fresco. Las moscas perennes de los muertos se detienen a mitad del descampado arrastradas por una brisa fuerte, casi eterna.
Finalmente me di el gusto. A falta de panes, buenas son las tortas dice el refrán. Cuando alguien concibió este lugar incluyo a la anciana para darle dimensión humana. El fusil tiene sus necesidades y no podía desoírlas por más tiempo. Casi podía derribarla con los ojos cerrados. Caminaba tan lentamente y esquivando los mismo escombros. Repetía su trayectoria con precisión. Con un andar moroso e inestable. Una invitación inexcusable.
Lamentablemente no pude disfrutarlo plenamente. Con la claridad que da la muerte ahora se que era el señuelo de otro francotirador mas paciente, ubicado en el campanario de la iglesia justo frente a mi.
27 de octubre de 2009
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