¿Por donde comenzar? Tal vez mantener la cronología de los hechos sea lo más útil. Aunque pido disculpas si parece poco verosímil, es inevitable que la realidad en ocasiones lo sea. Pero basta de preámbulos y comencemos.
Es muy incómodo recibir la visita de una cuadrilla sanitaria mientras almuerzas con amigos.
- Yo atiendo la puerta dije, y deje a mi esposa atendiendo la nutrida mesa.
- Buenos días tenemos que revisar su conexión de cloacas, nos llamaron urgente.
Mire hacia la mesa y mi esposa con una sonrisa triste me respondió a modo de disculpa. Sorteando la mesa y los invitados los conduje hasta el patio. Destaparon una gran boca de inspección. Confieso que nunca había reparado en ella. Decidí no apartarme hasta comprobar que hacían. Un poco por desconfianza y mucho de curiosidad. El ingeniero me explico lo novedoso de su técnica. Limpiaban el conducto en su boca y luego introducían una sonda que iluminaba y permitía inspeccionar visualmente el conducto. Nada de usar trépanos, hidráulicos o mecánicos. Aseguraban no dañar los caños. Primero se aseguraban del origen del problema.
Mas interesado por tantas precisiones técnicas me acerque justo cuando uno de los operarios se asomaba y llamaba muy preocupado al ingeniero. Miré sobre el hombro de los tres y me asome a un espectáculo inesperado. La boca del caño era muy grande, permitía pasar a un hombre agazapado, luego el conducto se ensanchaba y conectaba a una sala mucho mayor. Parecía un distribuidor hacia varios túneles. Toda la superficie desde el piso al techo esta recubierta por algún tipo de mayólica o cerámica esmaltada de aspecto vítreo. Un color verde intenso reverberaba desde el piso al techo enmarcado por dinteles, vértices y zócalos de color negro brillante. En muchos lugares faltaban trozos del revestimiento y la mezcla caliza oscurecida daba cuenta del paso del tiempo.
El lugar hablaba de mucho tiempo transcurrido, sin embargo todo estaba limpio como si en realidad no estuviera en funcionamiento. Nos adentramos sorprendidos y nos detuvimos paralizados. Hacia el final de la gran sala se veía una especie de ventanal algo destruido y más allá el cielo. Todas las referencias espaciales se trastocaron, trate de imaginar en que plano estábamos. Volví sobre mis pasos y me aseguré que efectivamente habíamos descendido por debajo del nivel de la calle. Nos agrupamos los cuatro y tratamos de recuperar la calma y el entendimiento.
Uno de los operarios avanzó decidido y lo seguimos. De pronto a nuestra derecha vimos un grupo de personas, lo más inquietante fue descubrir que estaban al aire libre. De algún modo pude recuperar la calma y observe aplicando la más objetiva racionalidad. Estábamos mirando un paisaje urbano de comienzos del siglo XX. Hombres rudos bebiendo, mujeres y niños en una especie de patio común separados de nosotros por una bruma lechosa que se extendía longitudinalmente hacia el final de la sala. Daba la impresión que no nos podían ver. Como si un velo separara nuestras realidades. Petrificado y muy asustado trate de retroceder.
El operario más audaz camino decidido hacia el patio y atravesó la bruma. Lo vi mezclarse entre la gente y parecía que no se habían dado cuenta de él. Sin embargo uno de los hombres con sombrero hongo lo increpó con dureza. Trato de volver hacia nosotros, primero con tranquilidad y luego en carrera desesperada pero al llegar a la bruma rebotó como si hubiera chocado con un muro. Al levantarse ocurrió una increíble metamorfosis, súbitamente se convirtió en un niño de aproximadamente 10 años. Era la misma persona sin ninguna duda, era el operario. Pero ya no lo era. Ahora era un niño despavorido.
A partir de ese momento todo fue vértigo. Los hombres se levantaron de sus asientos y nos encararon decididos y amenazantes. Ninguno de nosotros estaba preparado para enfrentar la brutal agresión que sobrevino. Sin dudas se trataba de hombres rudos tal vez matones, olían a alcohol y disfrutaban golpeándonos. Me defendí torpemente. Sin saber como ni cuando un instinto profundo despertó. Logre tomar a uno de ellos por el cuello desde atrás. Con la otra mano aferré con fuerza sus testículos y apreté con furia. Para mi desgracia lo hice con la mano derecha donde una vieja lesión en el pulgar me impedía mantener la presión por mucho tiempo. Entonces con un rugido mordí su oreja derecha. Sentí que la cortaba. La había tomada por el lóbulo y comprendí que no le haría suficiente daño. La solté y antes que pudiera defenderse lo volví a morder. Ahora si se la cortaría completa. El hombre se paralizó un instante y eso me permitió tomar sus testículos con toda la mano con ansias de arrancárselos. Sentí una extraña emoción, era una lucha épica. La razón contra la barbarie.
No podía enfocar a mis compañeros, aquello era un pandemonio. Gritábamos, rugíamos, nos revolcábamos en una orgía de violencia. Un éxtasis primitivo y salvaje me invadía, solamente pensaba en destruir hasta triturar a aquellos hombres. Luego algo cambió en el aire, un destello, un chorro de luz o tal vez fue mi cabeza que estalló.
Abro los ojos y estoy rodeado de sabanas blancas y cuerpos mutilados en la puerta de un quirófano. Son varias camillas de seres esperando ser reparados. Una silenciosa procesión de fantasmas. Mi esposa me acompaña relajada, me besa y me deja esperando mi turno.
jueves, 19 de noviembre de 2009
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