La prensa nos abruma con historias y reivindicaciones históricas. Homenajes póstumos, panteones apoteósicos. En ocasiones mencionan tu espíritu libertario, independiente, indómito y se atreven a insinuar allí el motivo de tu muerte. Puedo especular con datos precisos y conceptos esclarecidos las causas de tu muerte. Concluir que te extirparon antes que la fuerza de tu carácter echara raíces y peor aun fructificara en otros cuerpos.
Pero quienes te silenciaron eran hombres convencidos, firmes brazos de espasmódica discordancia. Tal vez entendiendo sus pensamientos entendamos tu muerte. Loca pretensión la de conocerlos, sin embargo me atrevo al ejercicio. Me atrevo y lo intento porque sí los he conocido. No a ellos sino a sus iguales, gemelos, semejantes, absurdamente análogos. Tan parecidos entre si como el reflejo en el agua quieta de las lagunas. Porque aquí en mi tierra viven sus hermanos, iguales, análogos, espejos de los espejos de sus almas, modelos repetidos en la inagotable galería de la vida.
Se que te rechazaban, y temían, y en la insondable oscuridad de su paroxismo sus deseos no podían tener nombre. Seguramente volcanes primordiales les mordían la carne, porque eran humanos. Seguramente también se confesaban a medias, y rezaban con vergüenza de alzar sus ojos a las imágenes que los miraban desde las impolutas alturas de los altares. Porque alturas y altares miran desde arriba toda la inmensa pequeñez de los postrados pecadores. Pero los deseos, pecados inconclusos, nunca son pequeños a los ojos del juzgador. Por el contrario tienen dimensión oceánica, abismal. La mirada inquisidora ahoga el corazón del penitente en la sucia marisma de la culpa.
Podríamos sentarnos con cada uno de ellos a tomar un vino, disfrutando del crepúsculo, tal vez encontraríamos a simples labriegos, o tenderos, algún leguleyo o simplemente un herrero. Padre, esposo, hijo de alguien. Trabajador, esforzado, perezoso, bebedor, divertido, melancólico, solitario, franco, furtivo, arrogante, turbio, tímido, resentido. Y sigue la lista de los posibles hasta donde alcance la mirada.
En fin nada distinto a mi, a ti que lees, al que nos mira. Pero algo nos distingue y algo en común tenían ellos. Algo que no tenemos todos, por eso no andamos matando a los Federico de esta tierra.
Ellos odiaban el desenfado provocativo del joven homosexual. ¿Les sacudirían las tripas y mas abajo también?
Les molestaba. ¡Si! era molestia que su pequeñez transformo en odio.
Porque no temía al pecado.
Porque no le entrego el corazón a bandera o divisa.
Porque era un mal ejemplo para sus hijos.
Porque cuidado que puede llevar a otros consigo.
Porque escribe, y a veces no lo entendemos.
Porque es peligroso.
Porque no responde a nadie.
Peor aun solo responde a su conciencia.
No, a su conciencia no, solo responde a sus entrañas.
Porque nos recuerda que esta vivo.
Pero pronto ya no lo estará, pronto lo resolveremos. Dijeron. Se miraron y callaron.
jueves, 17 de diciembre de 2009
viernes, 11 de diciembre de 2009
En ocasiones nos visita la muerte
Dice la sabiduría popular que no hay dos sin tres. Hace apenas un instante Consuelo nos avisa que falleció el padre de un compañero de oficina. Con esta noticia es la tercera muerte anunciada durante esta mañana. Espero que así se complete el refrán, y apelando a otro del mismo tenor cruzo los dedos y digo para mis adentros, la tercera es la vencida.
¿Cuantas veces la tercera no fue la vencida?
Despreocupado y limpia el alma de preocupaciones, habiendo alejado los oscuros presagios me dirigí a una galería comercial, una de tantas en Córdoba. Pero, una cinta plástica blanca con PELIGRO en letras rojas impedía el paso. Al fondo de la galería divisé un policía de consigna. Alguien fue asaltado, pensé. Pero no era ese el motivo de tanto revuelo. Un limpiavidrios había caído desde el séptimo piso. Los curiosos estiraban sus cuellos de jirafa para mirar sobre los hombros de la muchedumbre. Levanté la cinta crucé rápido un pasillo y sin alzar la vista llegue a la imprenta. Pregunté el precio de las tarjetas personales y salí. Nuevamente trate de no mirar el cuerpo tendido allá en el piso. Salí a la calle y rodee la manzana para evitar la desgracia que parecía empecinada en seguirme los pasos. Al doblar la esquina, en otra de las entradas a la galería una empleada de algún comercio del lugar pregunta a un colega.
- ¿Lo viste?
- No.
- ¿Pero te enteraste?
- Si
- Vamos a verlo
- Dale, vamos.
Partieron entusiastas intentando superar el vallado.
¿Cuantas veces la tercera no fue la vencida?
Despreocupado y limpia el alma de preocupaciones, habiendo alejado los oscuros presagios me dirigí a una galería comercial, una de tantas en Córdoba. Pero, una cinta plástica blanca con PELIGRO en letras rojas impedía el paso. Al fondo de la galería divisé un policía de consigna. Alguien fue asaltado, pensé. Pero no era ese el motivo de tanto revuelo. Un limpiavidrios había caído desde el séptimo piso. Los curiosos estiraban sus cuellos de jirafa para mirar sobre los hombros de la muchedumbre. Levanté la cinta crucé rápido un pasillo y sin alzar la vista llegue a la imprenta. Pregunté el precio de las tarjetas personales y salí. Nuevamente trate de no mirar el cuerpo tendido allá en el piso. Salí a la calle y rodee la manzana para evitar la desgracia que parecía empecinada en seguirme los pasos. Al doblar la esquina, en otra de las entradas a la galería una empleada de algún comercio del lugar pregunta a un colega.
- ¿Lo viste?
- No.
- ¿Pero te enteraste?
- Si
- Vamos a verlo
- Dale, vamos.
Partieron entusiastas intentando superar el vallado.
Etiquetas:
cuento,
fantastico,
literatura,
locura,
muerte,
obrero
Suscribirse a:
Entradas (Atom)