martes, 3 de noviembre de 2009

Doña Justina

Estaba como siempre, vestida de negro. Yacía con un ramo de glicinas entre sus manos apergaminadas. Cruzadas sobre el regazo, lánguidas y abandonadas. Su rostro, aún sereno, no es el que guardo en mis recuerdos. Por esos misterios de la memoria ha conservado la imagen del primer encuentro, cuando aun era niño. Y por esas cosas de la razón prefiero recordarla presurosa y encorvada llegando servicial para acompañar a los deudos.

La vi por última vez en el velorio de Florencio Gómez. Llegó a lo del finado para acompañar a Doña Tomaza. Como siempre era de las primeras en enterarse. Se acomodó en una silla bajita de madera y paja. Sentada en un rincón de a ratos moqueaba sola con sollozos cortos, pero no perdía oportunidad de pegar algún grito para que todos recordaran que estaba allí.
En cuanto la viuda salió del embotamiento y amagó el grito fue su gran momento, y se acerco para hacerle dúo. Una maravilla la energía de aquella mujer. Asistencia perfecta, cumplidora como pocas para los velorios. Subida a su carromato o a la primera bestia que tuviera a mano llegaba Doña Justina. Hasta en los casamientos era apreciada su presencia. Para esa ocasión tenía un llanto tranquilo y muy sentido, especial para cuando se mezcla la alegría con la emoción y la nostalgia.

Siempre me intrigó como se enteraba de la última tragedia. Estaba siempre entre las primeras en llegar. Alguien le avisaba, eso es seguro. Alguna vez sospeché del carancho que tenía. El bicho estaba siempre en el patio, escarbando en busca de insectos, o volando en círculos sobre la casa. Era conocido por alborotar la siesta con sus chillidos. En el pueblo se tejían historias que se volvían más coloridas cuando la noche, el alcohol y el hastío nos ganaban. Al cabo de un tiempo todos concluimos que se trataba de un mensajero embrujado con el ojo certero para la muerte. Teoría esta muy combatida por el cura del pueblo. Nunca nadie lo contradijo, a lo sumo nos persignábamos como una manera de expresar nuestra desconfianza ante la probable presencia del maligno.

Sin embargo, y sin afán de polemizar con la iglesia, les aseguro que pruebas hay. La noche cuando el peoncito de los Luna cayó al barranco dicen que oyeron al bicho merodeando el lugar. Es sabido que estos animales no son de salir de noche. Razón de más para sospechar. Ningún paisano recuerda haber visto un carancho cazar de noche. Lechuzas sí, pero no caranchos. Es más, yo mismo lo vi merodear la casa del zapatero cuando se puso malo. Se escondía el sol, casi a la altura de los álamos detrás del molino de los Sosa y una mancha oscura daba vueltas contra el cielo ensangrentado. El pobre duró varios días y allí estaba suspendido en el aire el muy maldito. En realidad fue en esa ocasión cuando comenzaron las murmuraciones.

Pero el misterio y las habladurías se afianzaron definitivamente cuando su dueña también nos dejó. Dicen que cuando la hallaron tirada entre los frutales del fondo de la casa el bicho gritaba como nunca. Siguió el cortejo fúnebre chillando contra el silencio del campo. Voló en círculos pequeños, casi espirales en sube y baja. Pero lo perdimos de vista antes del camposanto. Allí caímos en la cuenta, nunca volaba sobre las sepulturas. Desde aquel día nadie más lo vio.

Fue una gran perdida y seguramente no se vera otro entierro mas concurrido, ni la muerte del cura párroco tuvo mayor convocatoria. Cada uno a su manera expresó su pesar. Por supuesto que hubo lágrimas. Lágrimas de dolor y también algunas de compromiso, ya que se sentían deudores por los servicios recibidos. Para la mayoría de nosotros, la muerte de doña Justina fue la pérdida de una parte de nuestra historia cotidiana. La pucha, se extraña su lamento, ya nadie dará gritos como aquellos. Fue nuestra última llorona, y no dejó ni siquiera una criadita para aprender su ciencia. Con ella se fue el arte del llanto y también el misterio del mensajero.

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