martes, 27 de diciembre de 2011

Un paseo casi perfecto

Cuando las tipas reciben el sol de otoño La Cañada tiene un encanto especial. Las hojas aún permanecen verdes y brillantes, los troncos oscurecidos por el hollín de los escapes hacen más brillante el espejo del río aprisionado entre las altas paredes de piedra caliza. Todavía queda una alfombra amarilla sobre las veredas y algo del perfume de las flores. Los cordobeses amamos nuestra cañada, y es por lejos nuestro paisaje mas fotografiado. Nos gusta caminarlo, y lo siento más bello que las postales.

El medio día no es la mejor hora para pasear por la cañada. El tráfico es intenso, humo, bocinas, apuro y empujones. Gente apresurada por llegar a su casa, estudiantes hambrientos saliendo de las escuelas, empleados que buscan un lugar para comer un simple de milanesa, los linyeras desparraman en los canteros bolsas de plásticos llenas de vaya a saber que. Obstáculos humanos se interponen, nos alejan del paisaje. En esos momentos el sosiego y la calma se encuentra solo dentro del alma, la calle es puro furor y hastío. Aún así el paseo es bello.

También existen otros obstáculos. La crónica diaria alerta sobre arrebatos en plena calle, asaltos en los semáforos, y hasta un robo a mano armada en una escuela primaria. Poco a poco nos ha ganado el miedo. Miramos sobre el hombro y el gesto comienza a ser una costumbre cotidiana. Cuídate, fíjate por donde andas. No lleves mucho dinero. Ya no uso más cartera. Dales todo lo que tengas. Son frases cotidianas repetidas hasta el hartazgo. El temor nos ha invadido.

Pero me gusta pasear como si este río fuera enteramente mío, con displicencia, sintiendo el sol en el rostro. Ignoro el gentío. Cruzo de vereda al azar. Dejo que los troncos retorcidos me sugieran figuras. Evoco la niñez cuando jugábamos con las nubes, buscando formas, adivinado figuras.
En una esquina vuelvo a cruzar la calle atraído por la tapa de unas revistas colgadas de un escaparate. Siento un pequeño sobresalto. De frente se acerca con rapidez alguien corpulento. Nos encontraremos a mitad de la calle. Apuro el paso para llegar antes a la otra vereda, no quiero encontrarme con el en medio de la calzada. Me siento desguarnecido, sin protección. Efectivamente, se dirige a mi encuentro. Puedo verlo con claridad. No me inspira confianza. Esta mal vestido y hasta puedo sentir su olor, se que es solo sugestión y eso aumenta mas mi inquietud. Se dirige directamente hacia mí y tomo decididamente una actitud defensiva. Me enfrenta y algo dice. Tardo un instante en comprender la pregunta. Doy un paso hacia atrás y repite
- ¿Dónde queda el edificio de tribunales? –

Confundido le respondo apurado y me alejo avergonzado por tanto miedo, por tanta desconfianza. Me siento vacío y algo ridículo ante la defensa innecesaria. Me repugna este temor y la muralla que he levantado.

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